miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA PLAGA

"Los humanos somos una plaga para la tierra, lo mejor que podría pasar es que desaparecieran todos los seres humanos del planeta"-dijo Lucio después de arrojar los casi diez kilos de mochila al maletero, repanchingarse en el asiento y abrocharse el cinturón-. A mí se me cortó la respiración, me atrapó la ansiedad y me entró una enorme preocupación por ver si mi hijo, con solo once años, había sido captado por alguna peligrosa secta multisuicida o había sido abducido por algún aprendiz de genocida. De inmediato y con tono imperativo exigí una explicación a su derrotismo e indagué en la procedencia de esos deprimentes pensamientos.
Contestó como más jode, con una pregunta: "¿Es qué no piensas así tú? Somos una plaga que nos estamos cargando el mundo, ya podíamos irnos y dejar tranquilos a los animales y las plantas." Después confesó que eran cosas que había comentado con su amigo Mateo, pero que él pensaba de vez en cuando, y entró en detalles: "Nos comemos todos los animales y las plantas, tiramos basura por todas partes, contaminamos el aire y los ríos, nos matamos entre nosotros y somos muy egoístas... El mundo estaría mejor sin humanos".
El mocoso filósofo estaba ahondando en la profunda depresión que algunas informaciones y evidencias de los últimos días estaban empezando a provocar en mi imperturbable sueño. El informe de BioScience firmado por más de 15.000 científicos de todo el mundo, advirtiendo sobre las nefastas consecuencias del cambio climático, de la deforestación, de la sobrepoblación del planeta y de otros muchos insensatos actos, que esta inconsciente humanidad que somos todos está protagonizando, es tan demoledor que debería estar en todas las portadas de los periódicos. Pero no. Es más importante hablar de los hackers rusos y venezolanos para tapar lo de Catalunya que a su vez tapa lo de la corrupción; ni los políticos pierden su tiempo en estos desalentadores asuntos, ni los periodistas encuentran rentabilidad en previsiones a largo plazo, ni los ciudadanos queremos que nos amarguen más la sobremesa.
Pero ahí llega el canijo, con su sabia inocencia, a dar un puñetazo sobre la mesa y recordarnos que el mundo no es nuestro, que el uso que estamos haciendo de él es totalmente cortoplacista y avaricioso y que los políticos que nos representan nunca ven más allá de cuatro años, de encuestas y de elecciones. Qué la economía y el capitalismo o liberalismo feroz han aplastado al humanismo y la sostenibilidad. Por eso Trump boicotea el acuerdo de París para beneficiar a las industrias de su país o Mariano se carga la energía solar para salvaguardar las acciones de las eléctricas o los chinos esquilman África...  No os aburriré con cientos de casos bochornosos.
Nosotros nos moriremos en unos años (de ahí nuestro cegador egoísmo) y en lugar de pensar lo de "el que venga detrás que arree", deberíamos educar a las siguientes generaciones para que reconduzcan este disparate, con una visión global a largo plazo y con políticos de altura, porque ellos van a heredar un planeta moribundo al que hay que añadir un sol moribundo (según los últimos vaticinios de Stephen Hawking).Ya no hay sitio para negacionistas ni primos escépticos, el reloj ha entrado en la cuenta atrás.
Ya sé que alguien me va a tachar de exagerado como en mi catastrofista augurio sobre Cataluña. Es cierto que se han mezclado los mencionados informes con la "pertinaz sequía" que empieza a dar miedito, con la canción de REM que me han puesto en RockFM, "It's the end of the world as we know it", con el trabajo del peque sobre la contaminación en el Ganges y con su rotunda afirmación sobre la plaga humana que me ha llevado a un estribillo de Robe Iniesta (Extremoduro): "He dejado de creer en la puta humanidad, creo que lo mejor será una guerra nuclear..."
Siento incomodaros con esta desasosegante entrada, pero por un poco de alarmante realismo de vez en cuando no se va a acabar el mundo... o sí.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

ME MUEROOO...

Hoy me he muerto y luego no. A mi padre le pasó una vez: se desmayó en el pasillo por una hemorragia interna y sintió que se moría y luego volvió a vivir. Desde entonces siempre presumía de saber lo que era morirse, lo cual no dejaba de ser una buena terapia para quitarse el miedo que produce la cosa.
No soy supersticioso ni creo en los malos farios u otras farándulas, pero ayer, cuando volvía a casa, adelanté a un coche fúnebre que iba vacío, con conductor, pero sin fiambre. Aceleré para alejarme de él, pero el sempiterno atasco de la M-40 nos recolocó cual tetris, yo delante y él detrás. No podía quitar ojo del retrovisor y me agobiaba ver el descafeinado careto del chófer y, sobre todo, el inmenso hueco que tenía detrás. Volví a pisar el gas, pero no me deshice de él, se salió en la misma salida que yo, paró en el mismo semáforo, entró en la misma urbanización, me siguió hasta mi calle y cuando ya estaba yo dispuesto a entregarme al destino de cuerpo presente, pasó de largo y se perdió en la curva en busca de algún expirado vecino.
La noche la pasé con normalidad, roncando como un rinoceronte y dándole vueltas en sueños a la desgracia de Albano Dante Fachín, pero no por su enfrentamiento con Podemos sino por el destino que le castigó con ese apellido. Mis paranoias habituales. Por la mañana, camino del hospital, un gato negro cruzó a toda velocidad la calle, pero no soy supersticioso y seguí adelante hasta llegar a mi destino, quiero decir a la cita que tenía en el hospital.
Azul, amarillo, naranja, elija su color preferido; derecha, centro, izquierda, elija su ideología; 1, 2, 3... elija un número: lo de orientarse en los grandes hospitales es más difícil que el rosco de Pasapalabra. Al final después de esquivar decenas de renqueantes abuelas, sortear mogollón de sillas de ruedas y alguna que otra cama ocupando todo el pasillo, conseguí llegar a la consulta. Hubiera sido más fácil con un par de referencias: al lado de la oficina de recursos humanos y encima del tanatorio. Tal para cual, menos mal que no soy supersticioso.
Me atiende una amabilísima enfermera que me pide firmar un papel de consentimiento, uno más de esos que te responsabilizan de la persecución del pueblo judío, del calentamiento global y te advierten de que tienes amplísimas posibilidades de cascarla en la prueba que te van a hacer. Digo yo que pondrá eso, porque nunca me he leído una. Firmo. En esta ocasión creo que no iba desencaminado porque oigo a una enfermera pelearse con otro paciente que se niega a firmar y se marcha sin hacerse la prueba. El médico me había dicho que era una prueba sencilla para resolver mis menopáusicos mareos. No sé.
La enfermera me invita a pasar al vestuario femenino, me dice que me despelote, me da unas babuchas y un camisón, pero se marcha. Pensé que era parte de la prueba. No entiendo lo del vestuario femenino, salvo porque su ventana da justo al aparcamiento del tanatorio. Un amplio y negro utilitario espera allí cliente. Paso por la ridícula y humillante situación de atarme yo solo los lazos del camisón por la espalda, busco si hay cámara oculta y como no la veo me descoyunto hasta conseguir la lazada en el quinto intento. La joven me entrega una bolsa, me dice que guarde mis pertenencias (vaya frasecita) y me acompaña a la sala de torturas. Allí me espera su compañera, que me tumba en un camastro de madera, parece que me está tomando las medidas, como la cobra o como el descafeinado conductor, después me ata con unos cinturones, me llena el cuerpo de cables y procede a estoquearme el brazo; después de tres pinchazos consigue abrir la vía con el descabello. Noto que el paciente empieza a estar algo nervioso, jodido y asustado, así que trato de tranquilizarle, pero me confiesa que se está meando y no se atreve a decirlo porque estando tan atado y cableado la escena podría ser, cuando menos, poco decorosa.
Por fin llega el médico, es un chico muy majete pero demasiado joven como para confiar en él (los médicos, los aguacates y los pilotos de avión siempre los he preferido maduros). El chaval hace un ejercicio de sinceridad y me confiesa que la prueba que me van a hacer es muy desagradable, que van a forzar mi sistema circulatorio para provocarme un desmayo y que lo voy a pasar bastante mal. ¡Gracias, majo! Siento una alegría que se expande por todo mi cuerpo... Ahora entiendo por qué estoy atado y por qué se largaba el otro paciente. De seguido revisan todos los protocolos de seguridad, comprueban si tienen listos todos los reanimantes, llaman al tanatorio a reservar plaza y se ponen manos a la obra. De golpe y porrazo elevan el camastro a posición vertical, preguntan si me mareo, pero uno, que es muy chulo, contesta que no y bromea con la montaña rusa, momento en el que el doctor se avalanza sobre mí, me coge del cuello y mete su mano con fuerza para taparme la carótida y alterarme el ritmo cardiaco. Pienso que de un momento a otro va a gritar "alla akbar" y que mi imagen saldrá abriendo todos los telediarios, pero no me da tiempo a más, entro en el prometido desagradable momento que no pormenorizo para no herir sensibilidades de hipocondriacos o supersticiosos, hasta perder el desconocimiento (no es errata) al grito de "me mueroooooo".
De mi ausencia no recuerdo nada, ni túnel, ni imágenes de mi infancia, ni frases ilustres de Puigdemont, ni vuelo por encima de mi cuerpo, todo muy planito, apacible. Por el relato de la enfermera supe que pasé unos segundos tostado, lo justo para dar dos buenos ronquidos. Desperté de inmediato, agobiado pensando que me habría meado en aquel semiataud, pero me palpé seco y aliviado porque no me había aliviado. Feliz por la sequía y por aquello de estar vivo, me quejé diplomáticamente al doctor por la dureza de la pruebecita. Mientras terminaba de teclear el informe en el ordenador me pareció leer en sus labios: "pues haber elegido muete..."

PD:Como me jode la gente que te cuenta con pelos y señales sus enfermedades y visitas al médico... pero es que esta...tenía que contarla
Y por cierto, dice el chavalín que estoy cojonudamente.

miércoles, 4 de octubre de 2017

¡GUERRA!

Durante toda la semana seguirá habiendo altercados aislados, las declaraciones serán cada vez más incendiarias, los grupos de Whatsapp continuarán haciendo bromas y expresando su odio hacia la otra parte, el viernes se acentuará la disputa dialéctica con la declaración de Trapero, Sánchez y Cuixart ante el juzgado, el domingo la calle subirá aún más de temperatura con las manifestaciones de nacionalistas españoles (también tienen su derecho) y con una alta probabilidad de incidentes y serios enfrentamientos, el de en frente siempre será un fascista antidemocrático, el lunes se declarará la independencia unilateral (así lo han anticipado la CUP y Puigdemont), los independentistas (como es lógico) saldrán en masa a festejarlo en las calles, el martes se aplicará el 155 interviniendo la autonomía (así lo ha dejado entrever el Rey), Forcadell, Puigdemont, Junqueras y unos cuantos más dormirán en el calabozo, la foto estará en todas las portadas del mundo, los grupos de Whatsapp les ridiculizarán, unos, y encumbrarán como mártires de la patria, los otros; la calle arderá con masivas manifestaciones reventadas al final por grupos radicales, la represión será durísima, Catalunya quedará paralizada, la violencia en las calles se prolongará en los días siguientes, las redes sociales mostrarán imágenes reales y falsas, el miedo (mezclado con rabia y odio) empapará el ambiente, habrá muchos heridos y posiblemente algún muerto, los tres primeros tendrán nombre y apellidos, foto en la portada de los periódicos y entierros multitudinarios seguidos de altercados, a partir del cuarto ya serán números, estadísticas; se tomarán edificios, arderá alguno, se enfrentarán Guardia Civil y Mossos, acudirá el ejercito, se declarará el estado de excepción, todo será retransmitido en directo con tertulianos opinando, la O.N.U. convocará a su consejo de seguridad, la C.E.E. hará un pleno extraordinario con comunicado pactado, las familias catalanas seguirán rompiéndose en pedazos y las rencillas se tornarán odios, se desconoce hasta cuando llegará el baño de sangre, es posible que el ejercito restablezca una calma forzada, surgirán muchos grupúsculos revolucionarios y los más radicales se transformarán en paramilitares, terroristas o como queramos llamarles, se desconoce hasta dónde llegará el baño de sangre, es posible que vaya más allá de los límites fronterizos catalanes y lo que es seguro es que la herida profundizará de forma dolorosa en toda la sociedad española, resurgirán los viejos fantasmas de las dos Españas, se despertará la bestia de la ultraderecha; el Ibex 35, la prima de riesgo y la economía se habrán ido al garete, el país mejor del mundo para vivir se habrá vuelto un infierno y tardará muchas décadas en recuperar su estabilidad y convivencia; quienes tengan la suerte de no sufrir desgracias personales llevarán la carga moral de por vida, nuestros hijos (como nuestros padres) podrán contar cómo vivieron la guerra y se enfrentarán a un futuro de mierda.

No, no es una profecía, la secuencia se ha ido desarrollando como estaba prevista, como posiblemente esté escrita en el cuaderno de ruta del "comando suicida" de Oriol Junqueras y compañía, como no está escrito en el inexistente libro de ruta del inerte e indolente Mariano y como se teme mucha gente de la que en estos días empieza a sentir el miedo en el pecho. Ni los políticos ni los periodistas se atreven a decirlo así con esta crudeza porque tienen miedo de mentar a la bicha y prefieren darle vueltas al lenguaje con eufemismos, choques de trenes y frases políticamente correctas para contentar cada uno a su afición. Podrá ser una exageración, pero todo ello entra dentro del campo de consecuencias probables.

La empatía ha desaparecido, cada bloque habla en nombre de la libertad y la democracia, pero los dos las ningunean, nadie respeta la opinión de quienes piensan distinto (aunque sepan que son millones) y la sensatez y la cordura son valores desaparecidos. Como ocurre en el penalty que media grada ha visto y la otra media no, la interpretación de cada hecho está salpicada de un ciego fanatismo que pierde los papeles hasta el punto de disfrutar con el dolor o la angustia ajena. Los coches de la Guardia Civil reventados por los manifestantes o los asedios a los cuarteles no tienen ni puta gracia, son un acto vandálico muestra del más ruin instinto devorador de las masas. Las desmedidas cargas de la Policía o la Guardia Civil, con esas vergonzosas y dolorosas imágenes, no pueden ser justificadas por un ser humano por mucho que quiera defender su legalidad. Hasta el victimismo está en disputa.

Habrá quien piense que estoy exagerando tres pueblos (¡Ojalá!), habrá quien simplemente me llame cenizo o idiota, lo de fascista lo doy por supuesto, se me acusará de delictivo buenista y, por supuesto, de equidistante. Si equidistancia consiste en tener pensamiento propio para intentar discernir dónde tiene razón cada uno, saber lo que es legal y lo que no, ver cuando miente cada uno, detectar lo que es manipulación informativa, escuchar a las partes y saber ponerte en la piel del otro... Viva la equidistancia. Con ello no quiero decir que la razón y las culpas estén repartidas a partes iguales, ni mucho menos. Tengo claro que uno está pecando por acción y el otro por inacción y siempre tiene más responsabilidad el coche que embiste que el que está parado en la carretera; también soy de los que piensa que una separación se evita con amor y diálogo y no con golpes, pero no he venido aquí para hacer un análisis político ni expresar mi irrelevante opinión sino para alertar con crudeza de lo que puede pasar con cierta probabilidad y que nadie se atreve a decir abiertamente, por mucho que se comente en el bar. Un servidor no representa a ningún partido y no temo perder votos, no escribo en ningún medio así que no me debo a ninguna línea editorial, pero sí soy de esos muchos españoles y/o catalanes silenciosos que empezamos a sentir miedo.

Stefan Zweig en "El mundo de ayer" narraba la normalidad social en la Europa de 1914 en un momento de esplendor económico, con la gente disfrutando de unas agradables vacaciones en las playas, justo antes de estallar la I Guerra Mundial que mataría a más de quince millones de personas. Tampoco nadie pensaba que en la Europa de 1991, anteayer, en Yugoslavia, a la vuelta de la esquina, se iban a matar como ratas. Nosotros también hemos vivido el largo y doloroso camino hasta ver el fin de esa pesadilla llamada ETA, como para no darnos cuenta de dónde nos estamos metiendo.

 Amics y amigos, todavía estamos a tiempo. Ninguno de los argumentos, razones o sentimientos expresados hasta ahora merecen la pena con ese coste tan alto. Puigdemont, serás un mártir y tendrás una placa en la futura Catalunya lliure, pero te habrás llevado por delante vidas, ilusiones y futuro de los ciudadanos que te siguen hacia ese supuesto Nirvana y de los que simplemente piensan distinto. Mariano, aparecerás ante tus fieles como un estricto cumplidor de la legalidad vigente, pero tu nula visión estratégica nos habrá metido en el sangriento ojo de huracán y habrá engordado el catalanismo hasta hacer imparable su independencia. Quedan horas, pero aún estáis a tiempo, uno u otro o los dos, para dar un valiente paso hacia atrás, quien dé una muestra conciliadora habrá ganado la batalla. Si no, todos habremos perdido la guerra.

domingo, 20 de agosto de 2017

CHURRAS Y MERINAS

Me llama Gali, hace tiempo que no hablo con él, noto que necesita hablar, me pone al día de las muchas rutinas y escasas novedades en su familia de eso que conocemos como inmigrantes, que si su hermana ha conseguido prorrogar otros tres meses el contrato para cuidar ancianos, que si su cuñado no ha encontrado trabajo, con lo cual se queda sin papeles, que si en el Sahara estos días hay temperaturas por encima de los 46 grados y la corriente eléctrica no da abasto para soportar los aires acondicionados de quienes han gastado sus ahorros para tener ese privilegio. Le cuento solo un poquito de cómo nos van las vacaciones. Llevamos ya tiempo hablando, pero veo que no quiere colgar, que hay algo que le quema el alma y que necesita soltar; intuyo por dónde viene el toro y tiro del hilo: "Papi (me llama así desde que hace quince años vino por primera vez a pasar el verano a nuestra casa, desde que conocimos a ese niño huérfano refugiado inocente, cariñoso y maravilloso que nos iba a cambiar nuestra forma de mirar el mundo), no entiendo lo que está pasando".
Evidentemente está afectado y dolido por lo ocurrido en Barcelona y hago de psicólogo para que se desahogue: "La gente me mira mal por la calle, yo no he hecho nada, pero voy paseando por Granada y noto miradas de odio y de miedo. Yo no soy demasiado negro, pero reconocen que soy moro y me miran raro y yo no he hecho nada".
Pongo el hombro y sigo preguntando y escuchando: "No sé si existe Allah o no, pero si existe no creo que esté a favor de estas cosas. Estos asesinos están haciendo mucho daño al Islam y a todos los musulmanes, nosotros somos los que salimos más perjudicados con esta mierda." No sé muy bien cómo aconsejarle ni tranquilizarle, porque por otro lado entiendo la histeria colectiva que tenemos por aquí, porque he oído a la cajera del supermercado decir que había que echar a patadas a todos los musulmanes y a un abuelo jalearla y sugerir que sería mejor matarlos a todos. Quizás hubiera sido más útil intervenir en ese debate tan sesudo, pero no me he considerado capacitado ni animado para desasnar a esa calaña.
Una vez en casa, con el desasosiego que sigue siempre a estos días, he leído el periódico, he escuchado la radio y he olisqueado las redes sociales para ver bastantes cosas emocionantes, más de un disparate y alguna que otra miseria. He mojado los ojos con las historias personales de las víctimas, he rabiado con las primeras manipulaciones político-periodísticas y me he enternecido viendo a mi brother Brahim, con su mujer y sus hijos dejando un muñeco en Las Ramblas como homenaje a las víctimas, quizás porque él también necesite expresar su dolor o, lo que es peor, porque también él siente necesidad de excusarse por el color de su piel, por su procedencia, por su religión, por ser "moro"...
También he leído un comentario de Montse explicando a un indocumentado que la mayoría de las víctimas del Daesh son musulmanes y entonces he recordado que conozco a muchísima gente buena, algún que otro cafre, unos cuantos idiotas y ningún asesino, y que de todos ellos lo único que me importa un bledo es su color o su religión. Paseando por las Ramblas, todos somos iguales y todos derrotaremos a esta lacra de desalmados, crueles y cobardes. Sin mezclar churras y merinas.

viernes, 4 de agosto de 2017

NO TE MUERAS NUNCA, ÁNGEL

En mi primera carrera estaba él, era uno de los protagonistas, por no decir el protagonista. En mi última carrera seguía él, era una institución para todos los que amábamos, amamos y amaremos este deporte. Siempre estaba allí, tanto, que muchos habíamos pensado que nunca se iba a morir, como su madre que tiene 100 años, como su nombre, que perdurará en la historia. Por eso cuando oímos la noticia del accidente dimos por hecho que se recuperaría y vivimos con esperanza y alegría las buenas nuevas que llegaban desde Ibiza. Y por eso el mazazo ha sido tan duro, porque nos ha recordado una vez más que ninguno somos inmortales y que hasta él, Ángel Nieto, tenía un día marcado.
Tenía miedo a morir y por eso era supersticioso, no os voy a explicar ahora lo de los 12 + 1, y por eso era hipocondriaco, recuerdo como un día me pedía consejo, como si yo fuera un médico, preguntándome si realmente era cierto que es mejor dormir sobre el lado derecho para no cargar todo el peso del cuerpo sobre el corazón. No supe contestarle y simplemente solté una carcajada, como hacía casi siempre que hablaba con él, porque tenía el desparpajo del que dice lo que le da la gana en cada momento y casi siempre provocaba situaciones un tanto disparatadas. No voy a presumir de amistad porque ni estuve en su casa ni él en la mía y ese es el barómetro que marca la amistad íntima, pero sí sé que hoy estoy muy tocado porque noto que se me ha ido parte de mi identidad, de mi juventud y de mi pasión.
Recuerdo como lloré cuando en un hotel, volviendo del Gran Premio de Hockenheim en compañía del manager de Alberto Puig, nos enteramos de la muerte de Ayrton Senna y enmudecimos sabiendo lo que aquel drama significaba para los amantes de la Fórmula Uno. Hoy, lejos de Ibiza y apartado ya de los grandes premios de MotoGP, el golpe ha sido mucho mayor, porque leo y releo la noticia y no alcanzo a darle credibilidad porque sé que en el fondo significa morir todos un poco con él.
El deporte del motociclismo en España le debe todo al "pollero", que era como muchos le conocían por sus orígenes (en Italia le llamaban "il cabrone", por algo será). Sus hazañas, victorias y títulos dieron lustre a aquellos tristes años de la España en blanco y negro y quienes nos perfumábamos con Castrol vivimos con entusiasmo sus fechorías ya fuera sobre una Derbi, una Kreidler, una Minarelli o una Garelli. Todavía llevaban el mono de cuero negro con un par de parches cosidos y apenas se podía seguir su andadura en el Nodo o en los primeros directos de la televisión pública y única, lo suficiente para que la historia pueda juzgar ahora al zamorano como uno de esos fenómenos únicos que solo se dan de muchas en muchas décadas. Era otro motociclismo, el de la estrategia, la pillería y la inteligencia, el de estudiar al rival y castigarlo sin miramientos en la última curva y en eso Nieto era el tío más inteligente que había con el casco puesto.
Quizás no fuese el yerno que hubiese querido para casar a mis hijas, por todo lo que representaba de ese país difícil en el que para triunfar como hizo él había que ser un pícaro, un Lazarillo rodeado de malas compañías en muchos momentos, pero sabiendo aprovechar lo mejor de cada situación. Tuve la suerte de tratar bastante con él, cada fin de semana en las carreras, durante un tiempo que trabajé para él llevando temas de prensa, después preparando un guión sobre su vida para una serie televisiva que nunca llegó a buen puerto, con largas entrevistas en la noche madrileña y más tarde contratándole para varios eventos y solo puedo decir que cada encuentro era una experiencia memorable. Simplemente porque su vida era la vida más intensa que se pueda vivir y además era el argumento perfecto de la película que todos hemos querido protagonizar, la del chaval que se hace a sí mismo, que de la nada consigue todo y que llega a la cima del mundo. Por eso estaba boquiabierto cuando me contaba su experiencia en el taller de Vallecas o su viaje a Barcelona en moto (a rebufo de un camión para ir calentito) para plantarse y negociar en la fábrica Derbi, o su fuga del hospital para poder tomar la salida de una prueba del Mundial.
En el Mundial, cuando ya había colgado el casco, algunos le criticaban porque siempre llegaba en el último momento porque aprovechaba hasta el último minuto de estancia en su queridísima Ibiza (¿dónde mejor podía morir?), porque su comentario en televisión no siempre gustaba a todo el mundo y porque en aquella época (los ochenta) todavía existían ciertos celos recíprocos entre los nuevos embajadores de nuestro motociclismo (Sito, Garriga, Aspar, Cardús...) y sus precursores, los legendarios Nieto, Tormo, Palomo, Grau... El tiempo ha terminado poniendo a todo el mundo en su sitio y a Ángel nadie se atreve a toserle sobre sus 12 + 1 títulos o sus 90 grandes premios y todo el mundo guarda el cariño de alguien que siendo lo que es en la historia del deporte español ha conseguido dejar el rastro que todos querríamos dejar: "era un buen tipo".
Mirando a esta primera noche sin él, me llegan muchos recuerdos con los que sonreír para combatir la pena, como cuando le preguntaba a Bahamontes hasta que edad se podía echar un polvo o cuando se escondió detrás de la puerta del responsable de patrocinios de Ducados y nos pilló in fragantis a Julián Miralles y a mí intentándole levantar el patrocinador, o cuando te llevaba a comer a los mejores sitios de su barrio, el madrileño Retiro, o cuando se fumaba un cigarrillo mientras le carburaban la moto en un entrenamiento o cuando nos dimos una vuelta al viejo circuito de Nurburgring con Dani Amatriain, César Agüí y Alberto Puig, narrándonos curva a curva sus vivencias en aquella pista; aquél momento nunca lo olvidaré porque aprendí todo sobre aquella época tan distinta del motociclismo, con circuitos largos, con ventajas medidas en minutos, con pilotos que tenían que saber de mecánica y llevaban herramientas y bujías de recambio en las motos... La última vez que le vi, tan acelerado como siempre,  bromeó una vez más sobre el parecido de nuestras cabelleras canosas y siguió dirigiéndose a mi como cuando le conocí "¡Qué pasa Dieguito!", después con sus pasitos cortos y rápidos se marchó a seguir viviendo esa vida sin freno que tanta envidia me daba. No lo recuerdo, pero seguro que pensé: "Este cabrón no se va a morir nunca..."

PD: Parece que este blog medio abandonado se ha convertido en sección de obituarios y esquelas. Por algo será que cuando se muere alguien uno siente necesidad de expresar sentimientos con la escritura, a mí me pasa, la tristeza te evoca recuerdos y sientes necesidad de pintarlos de alguna forma.


viernes, 31 de marzo de 2017

EGAM ERA ÉL


*Enrique Gómez-Acebo, galerista y referente de una época dorada del arte español.


No era un acceso fácil. Una puerta de cristal en el lateral del rellano del portal número 29 de la calle Villanueva daba a una escalera que descendía hasta una acogedora sala de arte de las de toda la vida. De toda la vida, sí, porque allí estuvo durante 45 años, desde que en 1969 abrió sus puertas con una exposición colectiva. Allí, en ese sótano de edificio señorial del barrio de Salamanca, se coció buena parte de la historia del arte contemporáneo español de finales del Siglo XX y comienzos de XXI.
Allí, escondido en su despacho, Enrique levantaba la vista al tintineo de la campanilla de la puerta y, a través del reflejo de un cuadro oscuro estratégicamente colgado, observaba quién entraba en la galería. Si era un amigo o un artista, saludaba gritando desde su cubículo; si era un aficionado o curioso, dejaba que su escudero José Ramón atendiera cortésmente y si era un coleccionista, afilaba el diente y daba un salto de la silla.

Conocía como nadie su profesión, la aprendió de Juana Mordó para quien trabajó, tras unos primeros escarceos con el pincel, y con quien entabló una especial amistad y complicidad que le llevó a abrir EGAM, animado por ella.

Al principio sus paredes colgaron obra gráfica de nombres importantes procedentes de Juana Mordó como Manolo Millares, Eusebio Sempere, Lucio Muñoz, Fernando Zóbel, Manuel Mompó, Luis Feito o Carmen Laffón, pero pronto Enrique dio forma a su propio equipo de artistas que con el paso del tiempo y una entrañable fidelidad que dice mucho de esa no siempre fácil relación entre galerista y artista, se convirtieron en el núcleo duro de EGAM. Eran Alfredo Alcaín, Mitsuo Miura, Guillermo Lledó, Juan Antonio Aguirre, Alfonso Albacete, Gerardo Aparicio, Ricardo Cárdenes, Santiago Serrano, José Miguel Rodríguez, Alberto Solsona, Enrique Vara, Miguel A. Campano o Fernando Almela.

Él era EGAM y EGAM era él. Enrique Gómez-Acebo Muriedas era todo lo que esas siglas significaban para el mundo del arte. Tenía la elegancia, finura, exquisitez y exigente buen gusto que quizás había heredado de la Mordó, pero aderezados con un sentido del humor picante y una simpatía que invitaban a bajar asiduamente a aquel sótano de Villanueva, indispensable para estar al día de los últimos chascarrillos culturales de la ciudad.

Sí, EGAM estaba en esa ruta obligada por el madrileño barrio de Salamanca para conocer las últimas tendencias de pintura, escultura o fotografía y Enrique, en su afán por descubrir nuevos valores artísticos, se erigió también en el impulsor de otra interesante generación con artistas como Natividad Bermejo, Eduardo Barco, Sandra Rein, Ignacio Barcia, Montserrat Gómez-Osuna, Pedro Morales, Fran Mohino, Ramón Echevarria, Juan Asensio, Adrián Carra o José Piñar, entre otros.

En su Liérganes, en la ópera del Real, en la calle Velázquez, en su familia y sobre todo en el mundo del arte, Enrique, el “Mariscal”,  deja un hueco tan grande como su estatura, el de alguien que siempre creyó en lo que colgaba de la pared, que dio a luz a varias generaciones de artistas y que supo ganarse el cariño de todos. Él era el señor EGAM, todo un señor.




*Publicado en El Mundo el 31-3-17.

jueves, 16 de marzo de 2017

AHORA Y EN LA HORA DE NUESTRA MUERTE

No es que esté pensando en la eutanasia porque realmente soy mucho más partidario de la tutanasia o la sutanasia. ¡Uy! hay días que iría repartiendo tanasias a diestro y siniestro. Sí, esos días bonitos que siempre llega un idiota y los jode, pues sí, a ese, tanasia al canto. No soy partidario de la pena de muerte, pero reconozco que de vez en cuando y aunque suene mal decirlo, no me importaría que alguno/a se fuera pal otro barrio.
Vale que este comienzo es demasiado agresivo, relajemos un poquito el esfínter. Esta mañana en nuestro camino hacia el cole, el peque me ha preguntado por mi testamento; ha oído en la radio que hablaban de testamentos y ha preguntado por el significado de la palabra, primero, y por los beneficiarios del mío, después. Yo que soy un tipo muy graciosín, le he dicho que le dejo todo al "Mamerto", una especie de chiflado que deambula por el pueblo dando lecciones a todo el mundo. Al principio se ha asustado, pero luego se ha descojonado y tranquilizado al saber que le corresponderá un tercio de la colosal fortuna.
Una vez descargado el chavalín en el cole me he quedado dando vueltas al tema hereditario y a lo distinta que es la madurez de quienes tienen hijos y de los que no tienen descendencia. No hago juicio de valor, simplemente son distintas. Quizás porque en el primer caso llega un momento en el que tu vida pasa a no pertenecerte y eres solo una extensión, un complemento a la vida de tus hijos, algo estresante y agobiante, pero también muy reconfortante.
Después me he empezado a preocupar por si mi hijo se ha bajado del coche con el firme deseo de que su padre la casque pronto para poder comprarse un par de patinetes nuevos con su parte de herencia y ha sido entonces cuando he tomado la decisión de morirme. No ahora, pero algún día. Me explico. En nuestra sociedad y nuestro ajetreado y rutinario mundo, apenas tenemos tiempo para pensar que nos vamos a morir; es más, todos creemos que vamos a cumplir el siglo de vida y que vamos a sobrevivir a todos nuestros familiares y amigos (aquí tarareo la canción de Love of Lesbian "los que me sobrevivan, vaya hijos de puta").
Esa estúpida esperanza es la que nos hace dejar todo lo bueno para más adelante, pensando que tendremos tiempo para hacerlo en el futuro. Y si eres uno de los afortunados que llegas a los cien, lo harás en pocas condiciones para viajar, comer, divertirte... Bueno, bueno, que esto no es un libro de autoayuda del Vips, sigamos con la fecha de defunción. Digamos que he decidido morirme a los 65, con lo cual tengo que programar todas esas cosas que me gustaría hacer para culminarlas durante los próximos doce años. Luego, si hay suerte y me paso unas cuantas pantallas más en el juego, bienvenido sea, porque disfrutaré otro rato de esta cosa cachonda que es la vida, pero si la endiño, nadie dirá lo de "pobrecillo, se fue cuando aún no había hecho lo que quería". En el fondo todo se resume en el viejo dicho alcarreño que he mencionado otras veces "mejor soñar que te has cagado a soñar que te ha tocado la lotería, porque el despertar es mucho más gratificante". En este caso mejor programar tu vida para palmarla pronto que pensar que vas a ser más longevo que Matusalén. Mañana no tendrás tiempo (y aquí tarareo "A la taverna del mar" de Lluis Llach:
 "Y se acuerda del ¡seny!, el embustero
como el ¡seny! le preparó este infierno,
cuando a cada deseo le oponía: ¡mañana tendrás tiempo todavía!."
No, no lo tendrás.

sábado, 4 de marzo de 2017

LA ESQUINA DE LA JAIMA


Estoy solo en mi esquina de la jaima. Siempre entro el primero en la tienda o tiro de galones y canas para hacerme con ese rincón. Me siento más resguardado entre mi caos de maletas, mochilas y papeles y además presiento que mis ronquidos son algo menos molestos si me coloco en el córner. Ahora estoy totalmente solo, por primera vez en toda la semana, porque todos se han ido a una excursión al muro y Lucio está comiendo cus-cus en la jaima de al lado. Me he quedado para poner en orden los números, contar los miles de pavos que hemos recaudado para ayuda, tratar de estructurar los proyectos y, por qué no decirlo, descansar un poco de la marabunta y disfrutar de mi familia saharaui.

Saleh está en el patio con un electricista que está instalando la nevera y el aire acondicionado que han comprado con la pasta que recogieron los demás “amigos de Dumaha” que este año no han podido venir. Qué gozada ver en vivo como les cambia la vida en un segundo con una aportación que para cualquiera de nosotros es simplemente un pequeño gesto. El tendido eléctrico ya ha alcanzado a la mayoría de familias y, como ha ocurrido en otras partes, supondrá un antes y un después en su estado de bienestar. Es cierto que el arraigo a esa tierra prestada será mayor y que la magia del desierto se perderá bastante con tanta luz y tanto plasticucho, pero las tecnologías y avances siempre traen comodidades y a nadie amarga un dulce y menos un refresco fresquito en el desierto.

Ali se ha ido a la mezquita porque es viernes. Realmente se podría haber quedado en casa porque radian en directo el rezo por la megafonía de todo el barrio. Todavía tengo la barriga llena de la comilona que nos dieron en casa de Gali. Con el soniquete de la “misa” y las sacudidas del viento, que empieza a soplar con fuerza, me voy quedando adormilado en el duro suelo de la jaima, pero hace calor y hay muchas moscas que asisten a un inmenso banquete en el mantel de la mesa y en mi pringosa piel.

Echo de menos al retrete, la ducha y la familia, no exactamente en ese orden, pero empiezo a ablandarme pensando que esta noche me tendré que despedir de otros de los míos, mis hermanos de arena. Nos marcharemos llorando, como siempre, y dejaremos a Dumaha seguir adelante en su dura lucha por sacar a flote a esta fantástica familia en la mitad de un antipático desierto. Mohamed, a pesar de sus 60 años se irá en unos días a su retén en el ejercito, frente al insultante y amenazante muro marroquí; en dos meses llegará el primer nieto de la familia; en cualquier descuido se nos casará Minetu, sí, aquella que acababa de nacer la primera vez que vinimos a esta misma jaima; Handi seguirá dando clases en la escuela vecina y Ayub tratándose de esos dolores que le hacen su vida más tortuosa, si cabe.
Estoy cansado, son ya 17 años viniendo a este campamento. Me siento querido en el Sahara, pero el peso de la responsabilidad estresa, la incoherente e ineficiente burocracia desespera, la escasez de avances políticos cabrea, los años pasan y pesan para todos… A menudo pienso que esta va a ser la última vez, pero entonces entro en la jaima y veo las sonrisas, el ritual de saludos, la ceremonia del te y los abrazos y decido que está esquina seguirá siendo siempre mi esquina.

sábado, 28 de enero de 2017

ESCUCHAR AL CUERPO

Dicen que es bueno escuchar a tu cuerpo, pero creo que hay que hacerlo con cautela. Más que nada porque cuando te da por prestarle demasiada atención, sueles llevarte algún susto. Es lo que tiene el cuerpo, que suele estarse calladito toda la vida y cuando habla es para expresarse groseramente o para tocarte las pelotas. Sé que a mi hijo pequeño y a muchos de vosotros os gustaría que hiciese una pormenorizada relación de los sonidos y formas de expresión que el cuerpo humano tiene, pero no voy a entrar en eso, lo dejo para mi tesis escatológica que algún día publicaré. Os recuerdo que gané varias ediciones del concurso familiar de fluidos segregados por el cuerpo humano, superando el récord de 25 sustancias distintas.
De lo que hablo ahora es de esa tendencia que tenemos las personas entradas en años a analizar paranoicamente cada mensaje que nuestra anatomía emite. Que bajas la escalera y cruje una rodilla, posible problema de menisco; que giras en el pasillo y te chirría la cadera, posible desgaste de pelvis; que se te duerme el brazo viendo la peli, síntoma de insuficiencia coronaria; que has adelgazado 120 gramos, igual estás incubando un cáncer; que se te retrasa la regla tres meses y te crece la barriga…
Todos tenemos esta enfermedad, pero a los que nos atrevemos a reconocerlo se nos llama hipocondríacos.
A mi me da por escucharme durmiendo y analizo algunos de los mensajes de mi fisonomía. Por ejemplo me acuerdo de la obsesión que el bueno de Ángel Nieto tiene por dormir siempre hacia el lado derecho para que el corazón no esté soportando todo el peso del cuerpo. Un día se lo consulté a mi cardiólogo y todavía se está descojonando. Quizás era cuestión del 12 + 1 porque casi todos los circuitos tienen más curvas hacia la derecha y ya tenía interiorizada la posición. También he estado durante mucho tiempo analizando mis ronquidos y ahora mismo estoy en condición de afirmar que ronco mucho cuando estoy boca arriba, muy poco cuando estoy boca abajo (lo amortigua la almohada) y sobre todo que mis ronquidos son mucho más insoportables cuando duermo sobre mi perfil derecho (con el corazón hacia arriba). En este último caso el ronquido suele conllevar un fuerte dolor en las costillas, aunque quizás esta teoría podría cambiar si pruebo a cambiarle el sitio en la cama a mi santa esposa, a quien mis ronquidos le provocan hematomas en el codo izquierdo.

Nos hacemos mayores, que no viejos, cuando nos obsesionamos por escuchar al cuerpo, pero sobre todo cuando nos sentamos a charlar con los amigos y les contamos todo lo que nos duele. Ese es el momento en el que hay que plantarse, vale que cada uno oigamos a nuestro cuerpo, pero por favor, dejemos de compartir con los allegados todas nuestras dolencias y miserias. En el metro, en el consultorio o en el bar, las generaciones se distinguen por sus temas de conversación y a los que nacimos bajo el yugo opresor del caudillo se nos reconoce por participar en ese concurso tan exitoso denominado “A ti qué te duele” que suele ganar una vecina a la que, a juzgar por sus dolencias, le quedan dos telediarios. ¡Ya nos vale!

domingo, 22 de enero de 2017

EL IDIOMA DE LOS COJINES

He recibido la presente octavilla publicitaria que me invita a contratar un tapicero. El menda parece que es bueno o que conoce bien el oficio porque la descripción de sus servicios es muy completa y, entre otras muchas cosas, es especialista de capitone. Además cuenta con una amplísima gama de muestrarios como el Alcántara o el Aquaclean, sin menospreciar el siempre entrañable Eskay. Todo esto bajo unos precios sin competencia. Vamos, una joya. Tanto que he estado repasando los muebles que tenemos en casa por si alguno precisara de sus servicios y estoy dudando si llamarle para que retoque las sillas del comedor, que tienen los muelles a punto de asomar e introducirse por el ano de algún invitado.
Sin embargo, la presencia de este pasquín en este distinguido blog está motivada por el otro destacable argumento publicitario del tapicero Francisco, quien además de ser económico y conocer bien su profesión, también es español. Sí, lo habéis oído, tapicero, barato, bueno y español. Ya no hay dudas, hay que llamarle.
El detalle es importante porque supongo que ninguno de vosotros se habrá planteado nunca llamar a un tapicero escandinavo, neozelandés o canadiense, ¡vaya bobada! También supongo que no os importará que la persona que remate vuestros cojines, grape vuestros sofás o zurza el asiento de la moto, sea marroquí, argelino, rumano, paraguayo o incluso albano-kosovar. Es más, algo me dice que en varios de esos países tienen muy buena experiencia en este tipo de oficios manuales, en trato del cuero y en trabajos de rejilla. Todo esto me recuerda al chiste de Gila o Eugenio:
-Me da un bollo, por favor.
-¿Suizo?
-Me da igual, no voy a hablar con él.
Pues lo mismo pasa con los cojines, que no tienen idioma y solo entienden de culos. Pero como podéis imaginar, el asunto del capitone no me tiene muy obsesionado, pero sí lo que se encierra dentro de este panfleto, el hecho de que tengamos tan interiorizado este racista nacionalismo. Este tipo de anuncios ya es totalmente habitual y lo asumimos como normal y posiblemente Paco sea un gran profesional y mucho mejor persona, pero ha pensado que ese reclamo puede ayudarle a sobrevivir mejor. Eso sí, ya puesto podías haber especificado, porque no es lo mismo ser español de Úbeda, que de Rentería, Palafrugell, Vitigudino, Almazán o Sos del Rey Católico.
En el fondo este es el lenguaje de Trump, de Le Pen, de Orbán y de tantos otros ultraderechistas xenófobos y proteccionistas de sus privilegios. Vuelve a ser el mensaje de siempre, el del miedo frente al extranjero, pero llevado al esperpento.
Paco, me guardo tu teléfono y si algún día necesito hacer un cojín con la enseña nacional, te llamaré. Y si no, también, que pareces buen profesional y además barato, seas de donde seas.

miércoles, 18 de enero de 2017

MIS DIARIOS

Sigo con los Diarios de Renzi de Piglia, ya os conté. Me chiflan los diarios como género literario, también os lo conté, pero vuelvo a incidir. Quizás sea mi parte cotilla que me permite entrar en la vida de otros y conocer los detalles de su día a día, sus costumbres, sus gustos, sus manías... los estados de ánimo, las borracheras, las depresiones, los tomates en los calzoncillos o la zurraspa en los calcetines, o al revés. En los diarios está todo. Por eso muchas veces no se publican hasta después de muerto su autor, por no revelar secretos o por no ganarse enemistades con opiniones demasiado sinceras.
De pequeño hubo una época en la que escribí un diario, pero no hay rastro de él. También hice uno de un viaje a Valencia en bici con 18 tacos (ver fotaco). A mis hijos les he sugerido algunas veces que lo hagan como terapia emocional de la que disfrutar en el futuro, pero prefieren YouTube como terapia embobecedora con la que disfrutar el presente.
Si lo pienso bien, este blog o el anterior de Nueve horas menos en San Francisco, son, en buena medida, un diario que va almacenando recuerdos, sentimientos, sensaciones y opiniones en la red. Y lo bueno es que no ha hecho falta que se muera el autor, lo cual agradezco. El caso es que a estas alturas no me voy a poner ya a escribir un diario porque no haría más que traerme complicaciones, sobre todo si lo escribo con la sinceridad y falta de pudor con que lo escribe Piglia.
Sería así:
Martes 17 de enero de 2017
-Hoy he madrugado para llevar a Martín al bus y a Lucio al cole, me sigue costando mucho levantarme pronto, lo heredé de mi padre y lo llevo fatal, así que siempre que puedo me hago el remolón y hago que no he oído el despertador para que se levante Montse. (Lo malo es que en ese ratito hasta que aparezco yo, ella se mete en su Facebook y suele leer este blog, así que mañana igual me mira con mala cara).
-Como siempre, hemos soportado el atasco de la M-30 a base de cantar canciones a gritos, hacer diarrea mental y contarnos tonterías el enano y yo. Cómo va creciendo el canijo, ya es casi un adulto, mucho más que yo.
-En la ofi hacía un frío de pelotas, tanto que ha habido un rato que me he bajado al coche a calentarme, mientras escuchaba a Gabilondo. Quienes me ven en el párking se piensan que estoy bobo, pero hago que estoy hablando con el móvil, la misma coartada que los futbolistas cuando se bajan del autobús y no quieren firmar autógrafos. Evidentemente estoy bobo.
-Me voy pitando a una reunión de trabajo. Otra más. Tenía que haber hecho un registro o un diario de reuniones, clasificándolas por su utilidad, interés, atractivo de los contrarios... La de hoy ha vuelto a ser con uno de esos candidatos que tengo para invitar a la cena de los idiotas, uno más de los que vienen a darte lecciones, a presumir de su absoluta falta de humildad, a alardear de su carencia de modestia y nula empatía. Además suele coincidir que son estos los que ofrecen muy buenos negocios...para ellos. La ley del embudo.
-Acudo a una presentación a la que estoy invitado. Al entrar me doy cuenta de que no voy vestido como debería, algo bastante habitual en mi vida, pero me la sopla. Está todo lleno de corbatines, politicastros, palmeros y comerciales de bajos fondos, buitres. Paso de quedarme a los canapés y opto por tomarme una caña con una tosta de gambas en el Cervantes. Placer terrenal.
-Me llama un compañero a contarme incongruencias del trabajo. Si escribiera en mi diario los disparates que se hacen en las grandes empresas, como la mía, posiblemente me echarían, así que seguiré siendo diplomático y conciliador, dos valores que de momento me han funcionado.
-Atiendo una buena ristra de consultas sobre el viaje al Sahara. Me lo paso bien contestando a gente por lo general maja, aunque a veces me desespera lo mucho que le cuesta a alguno leerse las cosas. Me siento más inútil que el autor de las instrucciones de cualquier electrodoméstico. Quizás debería editar yo también una guía rápida.
-Estoy extraño y desubicado sin la tensión de los últimos días siguiendo el Dakar. Cuando te metes en algo muy de lleno, la depresión postparto es dura y el Dakar engancha siempre.
-La clase de BMX de Lucio podría haber sido de bobsleigh en Estocolmo, qué puta rasca hacía en Madrid fRío.
-Mi santa esposa y santa madre de los chicos nos espera con la cena hecha. Qué gran cocinera y qué machistas, nosotros. Vemos Pasapalabra con euforia porque un menda se lleva el bote del Rosco.
-Escribo esta soplapollez en el blog y me voy a leer dos páginas del Diario de Renzi con la angustia de no saber si en la última página del libro contará su propia muerte. Me molan los diarios, ¿os lo había dicho?

jueves, 12 de enero de 2017

EL NEGOCIO DEL MIEDO

Con ese estilazo en el vestir que uno tiene desde que nació, hace unas semanas estuve a punto de sufrir un grave contratiempo. Entré en mi habitación y sobre la cama encontré una maleta repleta de polos; sí, mis famosos y cochambrosos polos, con los que visto los 465 días del año, estaban dobladitos uno a uno y preparados para irse de casa. Alrededor, todos los armarios abiertos, los cajones desordenados, ropa por los suelos y pisadas embarradas en el suelo. Si a eso le sumamos que una ventana estaba forzada y que dentro estaba la policía con mis hermanos, podemos llegar a la perspicaz conclusión de que se trataba de un robo. Según explicó el agente, se trataba del robo más habitual, en el que buscan dinero y/o joyas, pero que por algún motivo habían salido corriendo antes de tiempo y por eso no se llevaron la bolsa que meticulosamente habían preparado con una veintena de polos de saldo. Dinero no hay, que yo sepa (igual se dejó mi padre algo escondido debajo de algún ladrillo) y joyas...me parto la picha. Así que lo más valioso que encontraron los peligrosos cacos fueron mis polos... ¡pobrecillos!, mis polos y los cacos, ¡qué penita me dan!
A partir de ese momento y una vez superado el susto de imaginar una nueva vida sin mis roídos polos, empezaron a merodear los buitres por casa. Primero se acercó a ofrecer sus servicios personalizados de seguridad el borrachuzo vigilante de una casa del vecindario, que tuvo que salir con el rabo entre las piernas; a continuación llamaron de nuestra antigua compañía de alarmas a ofrecer tarifas planas y ofertas inigualables que se metieron por donde les cabió o quepió (lo de cupo queda horrible), y al final se presentó en casa y se metió hasta dentro una comercial de otra compañía que se había enterado del robo por un vecino. Todos ellos fueron despachados con la misma sensibilidad que ellos demostraron al acudir como rapaces a sacar provecho de la desgracia ajena.
Pero el cabreo por impotencia que generan este tipo de hechos no es nada comparado con el que me cojo cada día cuando escucho una cuña de radio que no para de sonar. Se trata de un estúpido diálogo entre dos vecinos comentando el robo que ha sufrido uno de ellos y lo habituales que están siendo estos atracos en el barrio, un burdo anuncio de una compañía que no menciono, para no hacerles publicidad y para que no me extorsionen, con el único y exclusivo objetivo de amedrentar a la población y vender más sistemas de alarmas.
Es increíble que todo valga por el dinero, que se juegue vilmente con el miedo ciudadano para hacer negocio. En mi opinión es algo que supera todos los límites éticos y que los marketinianos y creativos deberían autocontrolar. Está claro que al sector de las alarmas y la seguridad le interesa claramente que haya muchos atracos y se cree una enorme psicosis ciudadana, pero de eso a provocarla ellos mismos con su publicidad, hay un trecho ético y moral gigantesco.
Sería muy peligroso que otros sectores utilizaran ese mismo tipo de reclamos basados en la más temida de las emociones: el miedo. Parece que escucho ya varias cuñas: "Mi vecino ha muerto de infarto porque tenía el colesterol muy alto ya que no comía alcachofas La Huerta", "Nuevo Troncomóvil, con sistema de frenado inteligente para que no tengas que llorar la muerte de tus familiares", "pásate al cigarrillo electrónico Nicotronic y evita la metástasis en tus pulmones", "Abogados pleitoceno no te imaginas lo fácil que es entrar en la cárcel".
Vivimos en la sociedad del miedo, en la que no nos atrevemos a tomar grandes decisiones ni a enfrentarnos al status quo, por miedo, mientras las grandes corporaciones y los gobiernos se encargan de expandir todos esos temores. Miedo a perder el trabajo, miedo a la mala salud, miedo a los ataques terroristas, miedo a los ciberataques, miedo al futuro... Pero en esta ocasión me ha parecido demasiado descarada la utilización del miedo para vender. Demasiado obscena.
Y me he acordado de una vieja denuncia rebelde: "¿quién vigila a los que nos vigilan?"

sábado, 7 de enero de 2017

ADIÓS EMILIO RENZI

Tengo un especial poder, el de hacer morir al autor del libro que tengo en la mesilla de noche. Me pasó con Kapuscinski, con Edward W.Said, con Saramago, con Tiziano Terzani y ayer mismo con Ricardo Piglia. No es que esté poseído ni que se me dé bien el mal de ojo, sino que tengo predilección por autores bien entraditos en años y soy bastante lento leyendo (porque me falta tiempo, porque me duermo fácilmente y porque soy lento, ¡qué coño!). 
Es una sensación desagradable por íntima. Te sientes morir un poco, quieres enterrar el libro, lloras como si fuese alguien de la familia. Cuando uno está metido en un libro está viviendo una segunda vida sumergido en una burbuja aislada de tu realidad y cuando esa realidad se interpone y se entremete para romper esa membrana llevándose al autor, te sientes violentado, violado, derrotado.
Estaba leyendo unas páginas más del segundo volumen de los Diarios de Emilio Renzi (alter ego de Piglia) y tras cerrar el libro y abrazarme a él como hago muchos días, he leído en las noticias que ha muerto Ricardo Piglia. Inmediatamente he sentido ganas de abandonar el libro para siempre en la estantería, pero al momento me ha entrado inquietud por saber si se publicará el tercer y último volumen para seguir leyéndolo y al final he optado por sentarme a escribir, como habría hecho él (pero mucho mejor).
No voy a dármelas de crítico literario ni quiero parecer pedante, pero los diarios de Emilio Renzi me han hecho disfrutar mucho de la lectura, por su mezcla de lo cotidiano, como buen diario, con reflexiones sesudas y con la angustia vital de un joven escritor en la Argentina de los años sesenta. De hecho pensaba escribir un día sobre ese género tan olvidado ahora como son los diarios; algo tan bonito y enriquecedor, pero que ahora está totalmente banalizado y sustituido por otro tipo de diario, el de las redes sociales en las que mostramos de una manera mucho más pobre lo que comemos, lo que hacemos, lo que viajamos o lo que... lo dejo.
Piglia se moría y todo el mundo lo sabía, era víctima del asesino ELA que poco a poco le iba paralizando el cuerpo sin atreverse a tocar su privilegiada mente. Leyéndole he aprendido mucho sobre cómo hay que hacer para ser un buen escritor (no quiere decir que lo sepa aplicar), he discrepado algunas veces con él y me he angustiado con las crudezas del día a día y de la miserable rutina. Seguiré leyendo los diarios de Renzi, aunque esta noche me han hecho "spoiler", ya sé cómo terminan y me jode.

PD: Siento decir que el siguiente libro que está preparado en la mesilla es de Noam Chomsky. Lo siento mucho porque el tipo me cae muy bien.

jueves, 29 de diciembre de 2016

AMPLIACIÓN DE MEMORIA

Hablando con un conocido que en breve cumplirá los noventa años me quedé de piedra al comprobar su meticulosa memoria que incluso le permitía recordar alineaciones y goles de partidos celebrados hace sesenta años. Siempre he admirado a las personas que tienen buena memoria porque me parece el bien más preciado de la inteligencia humana y porque un servidor difícilmente recuerda quién marcó el último gol de su equipo (es lógico porque pasa grandes temporadas a dos velas). Aun así, reconociendo que es mi principal limitación mental, de vez en cuando me sorprendo con algún dato que aflora espontáneamente y que me permite recordar el nombre de un piloto checo de motocross de los años setenta que solo conocí a través de algún artículo en una revista. Y uno se pregunta ¿dónde leches estará guardado el nombre de Jaroslav Falta en mi inmenso y poco optimizado cabezón? y ¿cuál es el mecanismo para que al ver una moto CZ o pensar en su país, inmediatamente regurgite el nombre del menda?
 Cuando tratas con una persona con Alzheimer te das cuenta de lo mucho que se parece nuestro cerebro a un ordenador y como la enfermedad suele romper la grabadora de datos e impide que entre nueva información a un disco duro que está lleno, mientras que sí deja que durante bastante tiempo descargues recuerdos antiguos que no se borran tan rápido como los recientes.
Tan es así, que recientemente he escuchado la inquietante y a su vez esperanzadora información sobre la investigación que está a punto de concluir en Estados Unidos y que permitirá extraer la memoria de una persona a un disco duro externo y volver a implantarla posteriormente, si fuera necesario. Lo que se dice una copia de seguridad. La primera experimentación la quieren hacer con soldados que acudan a conflictos (forma elegante de llamar a las guerras) en prevención de que puedan tener algún problema y que con este sistema puedan recuperar la memoria.
Sin entrar en detalles técnicos o científicos (este blog es mucho más superficial), a mí me ha suscitado el asunto muchas dudas morales y cuestiones éticas. Me pregunto si es como en un ordenador y cuando te la vuelven a implantar se han borrado los últimos datos, o sea que el soldado en cuestión va a la guerra a matar, pero esto no aparece en su memoria. O también, si es posible tener la memoria de elefante que tiene mi amigo de noventa años o mi propio hermano mayor, descargándome una actualización de su memoria; es decir, ¿se puede intercambiar la memoria de una persona a otra? o ¿es posible ampliar unos cuantos gigabytes como la que se pone tetas o el que se alarga el pene?
Son muchas las dudas, pero muy bonito de imaginar. Yo estoy deseando ya llevar mi pen drive en la cartera con todos esos nombres raros de pilotos, los nombres de las chicas que me gustaban pero yo no les gustaba a ellas o los números de teléfonos fijos de casas de amigos que ya no existen (los teléfonos, las casas, los amigos o ninguno de ellos).
Reconoced que es un avance de la ciencia que puede cambiar totalmente a la humanidad y que a mí personalmente me despierta mucha inquietud, aunque lo que me parecería absolutamente alarmante sería que descubrieran la forma de leer el pensamiento de los demás. Ese día habrá acabado la raza humana, guerra total, muerte y destrucción...

jueves, 22 de diciembre de 2016

SEÑOR DON USTED

Anoche, conduciendo de madrugada, me crucé con Nacho Canut en Radio Nacional y me convenció su argumento sobre las edades del hombre. No hablaba de románico ni de catedrales, sino de esa tendencia tan extendida a quitarse años, a querer aparentar menos edad de la que uno tiene, como si de los años tuviera uno que avergonzarse. ¡Qué coño!
El resumen era muy claro, somos niños hasta los 14 años, adolescentes hasta los 18, jóvenes hasta los 30, adultos hasta los 50, mayores hasta los 65, viejos hasta los 80 y tercera edad a partir de entonces. Y todos los maquillajes, postureos y camuflajes que uno adopta para asimilarse a un grupo más joven no dejan de ser un tanto ridículos. Soy el primero que muchas veces visto con marcas y ropas de jovencito transgresor, pero también me descojono a menudo cuando me veo rodeado de cuarentones y cincuentones que quieren ser campeones del mundo de su deporte favorito, bien entraditos en años.
Entiendo que todos queramos alargar nuestra presencia en este planeta tan cachondo y que además lo queramos hacer en un estado fornido y con un aspecto saludable, pero de eso a renegar de las canas o la experiencia de los años vividos, hay mucho trecho, rompetechos.
Por eso me convenció Canut para, a partir de ahora, presumir de mis años, de la experiencia vivida, de las canas y la arrugas y de la "seniority" que otorgan los cincuenta. Tengo que reconocer que a Canut le ayudó una tarde de compras en el centro de Madrid, en la que comprobé que ni Dios me tuteaba, que mi aspecto imponía respeto y que me cruzara con quien me cruzara siempre me trataban como un señor mayor (el segmento al que pertenezco). Ya me puede gustar la música pop indie, que en el Starbucks me sueltan "caballero, ¿le pongo cacao en el capuccino o no?"; Ya puedo ser un enfermo del motocross, que en la tienda de juguetes me dicen "señor: ¿le envolvemos los regalos?"; ya puedo tener una mente infantil que el mendigo de la calle me ruega: "buen hombre ¿me puede ayudar?". Y uno se ha cansado ya de pedir que le tuteen y de hacerse el coleguilla para demostrar cercanía con los más jóvenes. A partir de ahora he decidido ser Usted, ser Don Diego, ser el Señor Muñoz y fardar de canas, de barriguita cervecera, de vista cansada y de arterias obstruidas. Qué me quiten lo bailao, ya quisieran todos los jóvenes haber vivido lo que yo he vivido. ¡Estoy contigo Canut!
Ya no renegaré nunca más de mi fecha de nacimiento y aceptaré con dignidad el título nobiliario de Señor Don Usted que solo podrá ser sustituido por el de compañero o camarada, en el caso de mis correligionarios, o por el de "Señor Gordito" para alguno de mis amigos de San Francisco. ¡Oído cocina!

lunes, 19 de diciembre de 2016

LA FÁBRICA DE CHUCHES


El pequeño Lucio tiene la mosca detrás de la oreja, no le cuadra mucho que un ratón pequeño sea capaz de traer regalos tan grandes y dejarlos debajo de la almohada. Nos está probando y ahora, que todos sus dientes se han puesto de acuerdo para salir en estampida, pone todo tipo de trampas para pillar in fragantis al pequeño roedor. Unas veces duerme abrazado a la almohada, otras con el diente encerrado en su puño y otras consigue mantenerse en duermevela toda la noche para saltar de la cama ante el más ligero ruido. Le quedan dos informes semanales de magia, que le vamos a hacer.
Tampoco funciona bien mi viejo truco para entretenerles durante los viajes. Desde que eran minúsculos, cada vez que pasamos por delante de una de esas grandes fábricas asturianas o vascas con enormes y humeantes chimeneas, yo abro la ventana del coche y grito: “¡mirad chicos, una fábrica de Chupa Chups!” y acto seguido saco la mano por la ventana y capturo en el aire varios de esos maravillosos inventos españoles. Los niños flipan, no lo pueden creer y alucinan mientras recogen y degustan su premio. Este verano, después de la gratificante sorpresa en la fábrica de Mieres, Lucio se quedó un rato en el coche al llegar a Luarca, rebuscó por la guantera y bajo los asientos hasta dar con un zulo repleto de Chupa Chups. A partir de entonces se terminó la magia pero se sintió muy orgulloso por su pericia policial y ahora actúa con complicidad cada vez que pasamos por delante de una industria; de hecho intenta devolverme el engaño haciéndose el nuevo en el asunto y riéndose de mí como si yo me creyera que es verdad.
El otro día escuche a una afamada escritora una de sus cursis reflexiones en la radio. Hablaba de la magia perdida de las navidades en una niña de nueve años que perdía su inocencia. Además de ñoño, el relato era inoportuno por ser radiado a una hora en la que algún niño podía oírlo. Me acordé entonces de la estúpida profesora de EGB que me echó de clase por defender furibundamente la existencia de sus majestades; se llamaba Angelita.
Nunca hay que dejar de creer en la fábrica de chupa chups, te lo dice alguien que durante muchos años ha trabajado al servicio del Ratoncito Pérez, Papá Noel, Los Reyes Magos y Angela Merkel. Lo digo ahora que el peque tiene 10 años y está a punto de descubrir que, como decía el anuncio: “los padres no existen”.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL MANTERO


Siempre me ha gustado coger a autoestopistas, aunque pocas veces coinciden las circunstancias para poder hacerlo. El otro día, saliendo de Sierra Nevada, ya de vuelta a Madrid, coincidió que teníamos un asiento libre y que irremisiblemente teníamos que pasar por Granada, así que no había excusa para no invitar a subir al mantero senegalés que regresaba a casa tras su jornada comercial.
No lo hicimos por solidaridad sino por algo un poco más egoísta y enriquecedor para nosotros: escuchar y aprender de lo que ese hombre nos iba a contar en la media hora de curvas que separan la estación de esquí de la ciudad de la Alhambra. Era, sin duda, una buena oportunidad para que nuestros hijos salieran por unos minutos de esa burbuja en la que viven y conocieran el relato de una vida muy distinta a las nuestras. Sí, justo en el momento de terminar unas maravillosas vacaciones en una carísima estación de esquí.
Mame, que así se llamaba el grueso y oscuro pasajero, era senegalés y hace cinco años llegó a España en una patera, tras pagar a una mafia mil euros por ese peligroso pasaje de barco. Dice que no pasó miedo porque hacía buen día y buena mar y porque fueron sólo unas horas hasta que les rescató Cruz Roja del mar y le llevaron a un centro de extranjeros. Después pasó las habituales miserias legales y vitales, durmió a la intemperie en más de una ocasión, hasta que al final consiguió reunirse con otros compatriotas de la diáspora que le echaron esa imprescindible primera mano.
Ahora ya estaba totalmente instalado, instaurado y legalizado. Orgulloso de tener sus papeles en regla, presumía de estar dado de alta de autónomos y nos contaba la mecánica de su negocio, comprando artículos muy baratos en una gran nave que los chinos tienen en Armilla y vendiendo a los turistas en verano y a los esquiadores en invierno. De vez en cuando se cruzaba con algún policía municipal que le retenía e incluso le quitaba la mercancía y sorprendentemente Mame, les comprendía: “Es normal, están haciendo su trabajo y nosotros no tenemos permiso para vender por la calle.”
Pero lo más interesante llegó cuando pasó a filosofar sobre su experiencia vital y el fenómeno de los inmigrantes: “A mí no me gusta vivir aquí, prefiero estar allí en mi país y si estoy aquí es por ganar unos cuantos euros que al cambio son mucho dinero en Senegal y así puedo enviar de vez en cuando dinero para mi familia y mi hijo de siete años. Pero amigo, tenlo claro, estaré un tiempo y volveré cuando pueda, todos queremos estar en nuestro país y eso que África está muy mal, sin solución”. Eso dio pie a adentrarnos en temas políticos, donde el autoestopista mantero saco un inteligente y bien informado discurso sobre la primavera árabe, los colonialismos y el terrorismo. Con perlas como: “los europeos y americanos estaban obsesionados en quitar a Gadafi, a Sadam, a El Asaad y a todos los dictadores africanos porque eran malos y no dejaban votar al pueblo, pero lo que han conseguido es el caos, llenar todo de armas y guerras” y siguió con “África está fatal porque está llena de corrupción y porque los europeos han beneficiado a los políticos corruptos para hacer negocio y aprovecharse de las riquezas de África” o la más preocupante, pero también bien fundada visión del terrorismo: “Europa piensa que el terrorismo es una cuestión religiosa o un asunto de unos cuantos locos, pero no, es un ajuste de cuentas por las diferencias económicas y sociales…”
El viaje llegó a su fin y en una gasolinera de Armilla se bajó nuestro invitado con una última sentencia: “Siempre he pensado que hay que vivir con la esperanza de que un día tendrás suerte y hoy yo la he tenido”. Nosotros sí que la tuvimos, Mame.

domingo, 11 de diciembre de 2016

BIG DATA


Hace unas semanas compré un ordenador. Tengo que reconocerlo, caí en la trampa del Black friday, pero no me arrepiento porque gracias a eso me ahorré más de doscientos piriburcios, que no es pecata minuta. Era un portátil que los chicos reclamaban para poder hacer los deberes y estudiar durante los fines de semana que nos vamos fuera de Madrid. Caí en la trampa, pero no por lo del maldito viernes negro sino por la inventiva de mis hijos para convencerme de comprar esa imprescindible herramienta digital para seguir conectados sine die a sus habituales juegos, redes sociales o youtubers de moda. Es lo que toca, que le vamos a hacer, aceptado está.
Sin embargo, lo que no está tan aceptado es el bombardeo publicitario que desde ese día sufro para que me compre un ordenador portátil. Cada vez que abro una página web, ya sea de El País, El Alcazar o El Pueblo me salen al lado de cada noticia unos llamativos anuncios que me ofrecen inmejorables ofertas de ordenadores similares al que compré. Y lo peor de todo, en la mayoría de los casos, el anuncio es de L’Fnac, la tienda en la que compré el cacharraco. Os lo juro, han pasado tres semanas, pero todos los días, haga la búsqueda que haga, me meta donde me meta, los motores superinteligentes que los dioses del big data han creado consiguen detectar que durante varios días estuve consultando precios y ofertas de ordenadores portátiles y en una increíble exhibición de perspicacia informática me persiguen, me amedrantan, me invaden con más y más ofertas del mismo puto ordenador que ya me compré. Si son tan listos podían haber detectado también que ya hice la adquisición, que pagué a través de Internet y dejé escrito mi rastro en todos sus fastuosos motores con el pago, el proceso de envío y la recogida del maldito ordenador.
Desde entonces los señores de L’Fnac se han gastado en anuncios pagados a Google, Facebook, El País, El Mundo o putas.net mucho más dinero del que yo me ahorré con la compra en el oscuro viernes. Y no queda ahí la cosa, porque el año pasado viajé a Berlin, a Winchester y a Montpelier y desde entonces no hago más que recibir ofertas para viajar a los mismos sitios y a los mismos hoteles. Pero ¿es que sois tontos? ¿cómo pensáis que voy a volver a caer en el mismo puto antro de carretera de La Junquera que encontré en Booking? Es obvio que si este año he ido a Montpelier, quizás el próximo me apetezca ir a Dar es Salaam, a Quito o a La Rochelle, pero nunca a Montpelier. Y que si me he comprado un ordenador portátil, ya no necesitaré otro hasta dentro de tres años cuando la obsolescencia programada lo haya echado a perder; mientras tanto ofrecerme exprimidores de naranjas, coches descapotables, tijeras de cortar el pelo o muñecas hinchables…Cualquiera de esas cosas tiene mucha más cabida en mi consumista presupuesto que el jodido ordenador que ya está pagado, utilizado y amortizado.
Y lo malo de todo es que mañana o pasado caeré en alguna reunión de trabajo en la que algún tontolaba digital me dará lecciones de cómo el mundo está controlado por la sociedad de la información y por los registros de los datos que saben cada uno de nuestros movimientos. Los pasados, tío; los futuros, ni yo los sé y basta que me avasallen para que haga lo contrario. He dicho.