martes, 15 de marzo de 2016

LA HABITACIÓN DE MORIR

Conozco a dos personas que serían absolutamente felices en la U.C.I de un hospital: uno es mi hijo Martín, quien entraría en éxtasis ante tanto cachibache tecnológico y tanto aparataje digital, ruidoso y caro, muy caro. Sería feliz desmontando uno a uno todos esos millones de euros. El otro sería Thomas Bernhard porque reviviría en ella su "habitación de morir" de ese húmedo y lúgubre hospital austriaco para tuberculosos. La cosa ha mejorado en estas décadas y las camas ya no están amontonadas en el cuarto de baño esperando a que sus ocupantes dejen hueco para el siguiente, pero la primera impresión nada más entrar en la sala es la de dolor flotante.
Me acaban de meter dos muelles en las arterias del corazón. Ellos lo llaman angioplastia pero a mí eso me suena a producto de droguería anunciado por Concha Velasco. Prefiero lo de "muelle". El caso es que acabo de pasar por uno de los momentos más jodidos de mi vida (sin contar, por supuesto, con la muerte de mis padres) y ahora estoy aquí en la cama 3, con vistas al patio, de la U.C.I. de una Clínica cercana a casa, con un agujero sangrante en mi muñeca izquierda, dos agujas enchufadas en el otro brazo, mogollón de electrodos sobre el pecho depilado (este detalle es gratuito), un tensiómetro que me oprime el bíceps cada media hora, unos tubos que me suministran oxígeno como si lo necesitara y un dedal que marca mis pulsaciones en un monitor. Cada vez que bajo de 45 pulsaciones la máquina pita y Jessica, la enfermera, viene corriendo a comprobar si estoy vivo: "Tiene usted corazón de deportista" -me dice-. "Sí, como Induráin"-le digo-, pero se marcha extrañada porque no sabe de quién hablo.
En la habitación de morir estoy rodeado de enfermos críticos, postoperatorios, jodidos y sobre todo mucho mayores que yo y aquí, hoy, yo soy la persona más feliz del mundo. Quizás porque he empezado mi segunda vida cuando no terminaba de tenerlo claro. Porque hace tan solo dos horas, al entrar al quirófano, he firmado, sin leer (tal como me ha recomendado la enfermera), unos papeles que he supuesto que eran una autorización para incinerar mi cuerpo, algo con lo que no estoy conforme porque me hace más juntarme con mis padres y con Pablo Iglesias, el auténtico, en el Cementerio Civil. Y por eso soy feliz en la U.C.I. porque de alguna forma soy consciente de que este susto lo que ha hecho ha sido dar el pistoletazo de salida a la segunda vida o, como me dijo el doctor al terminar su trabajo: "para volver a nacer".
Siempre me he considerado una persona afortunada, no lo puedo negar, y siempre he temido que esa suerte cambiara, como ha sido con ese mareo que llevó a ese tac que llevó a ese catéter que urgió a implantar esos muellecitos. No esperaba que ese golpe llegara tan pronto, a los 52 y siendo el más joven de la habitación de morir y por eso, después de todas estas tensas semanas comiéndome el coco, sufriendo por los míos, ordenando papeles y poniéndome en lo peor, ahora siento un gran alivio al comprobar que hay vida después del quirófano.
Pensaréis que soy un paranóico hipocondriaco (que sí) o que esta es la típica milonga de buenos propósitos que todos nos hacemos cuando perdemos a alguien cercano o vemos los ojos de la muerte, pero la verdad es que la U.C.I. con sus constantes pitidos nocturnos es un buen lugar para meditar, la habitación de pensar. La de la segunda oportunidad, la del carpe diem, la de no repetir errores, la de repescar valores, la de la segunda vida (que es más corta que la primera)... La noche es larga y con la llegada de la luz la habitación de morir, que se había convertido en la habitación de pensar, entraba en una frenética actividad por despertar a la anestesiada, tranquilizar a la abuela, repartir medicamentos... en un ejemplo impresionante de funcionamiento coordinado, solidario y eficiente, digno de ser calcado por cualquier empresa, institución o incluso país. Los médicos chocan las cinco con las enfermeras cuando despiertan a una mujer de su postoperatorio; la abuelita llama "zorras" y "perras" a dos ATS que sonríen con paciencia; la enfermera más joven se agacha a cambiar una sonda plantándole el tanga rojo en la cara a un infartado que está a punto de sincopar... Y yo asisto a todo sorprendido y feliz en la habitación de vivir, de volver a vivir.

7 comentarios:

  1. Besos coleguita y por esta vez, solamente por esta vez, en la boca!
    E.

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  2. Con textos como este ya no hay duda de que la escritura debería ser una prioridad en esta "segunda vida".

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  3. Jope. Que susto. Ya pensaba que viviria el resto de mi vida con este peso en mi conciencia: Recuerdas aquella carrera de chapas???... Me adelante 3 metros sin que me vieras... Puf, pense que no podria contartelo...
    Animo!

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  4. Si de la habitación de morir pasaste a la de pensar, para acabar en la de vivir, pues vive! Y no, no es una segunda vida, es la misma que iniciaste, con un bachecillo más. Eso es la vida, una carrera de obstáculos que a ratos tiene baches y a ratos medalla y pódium. Disfruta, porque después del bache llega la medalla!!!

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  5. y llevabas tres meses sin escribir....
    Vaya manera de volver al BLOG y a la vida.
    Sigue escribiendo .....y VIVIENDO

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  6. Yo me entero ahora, y no sabes cuanto lo siento. Yo también llevo un marcapasos, y soy 32años mayor que tú de forma que no lo pienses así, sigue VIVIENDO y contándonos tus peripecias....SALUDOS pilar

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