domingo, 24 de marzo de 2019

¡QUÉ TÍO MÁS RANCIO!

Rancio y casposo son dos de mis adjetivos preferidos. Los utilizo solo como insultos y siempre he temido ser acreedor de alguno de ellos. En nuestra tierra abundan esos personajes, un tanto tóxicos, un mucho patéticos; casi siempre empiezo por despreciarlos, pero termino por compadecerme ante su mediocridad. Suelen habitar en despachos oficiales, pasillos institucionales, partiduchos, consejos de administración, gabinetes, ventanillas, mostradores, dependencias, departamentos, corredurías, asesorías, consultorías y demás tipos de "...rías". La burocracia es su leitmotiv y su mandato consiste en hallar un problema para cada solución.
Pero yo hoy venía a hablaros de champú.
Cada vez que regreso de uno de esos viajes mágicos al Sáhara paso una buena temporada de estrecha relación con la ducha. Como diría mi abuelo, a quien no conocí, pero que supongo que lo diría porque para eso están los abuelos, las cosas se valoran cuando se pierden (también lo decía Baudelaire, pero si os lo digo parecería pedante). Por eso después de unos cuantos días sin duchita matinal, cuando te reencuentras con la alcachofa disfrutas como un campeón de cada gotita que te golpea en el cogote. Ya sé que se avecina una buena sequía, pero mientras Isabel II no diga lo contrario seguiré pensando y cantando cada mañana mientras elimino las casposas toxinas de mi admirado cuerpo.
El caso es que esta mañana he procedido con el ritual, pero por un problema de overbooking he tenido que migrar al baño de los chicos para ducharme y cuando estaba en plena faena he comprobado que no quedaba ni un solo frasco de champú. Miento, había cinco o seis. Uno de gel robado en un hotel, un pastoso acondicionador, dos botes de champú Johnson de los que "não causa lágrimas" y una loción azul para los pelos canosos. Sí, ese último es el que debería haber usado, por motivos obvios, pero resulta que ya lo utilicé ayer y si no lo dosificas mucho, corres el riesgo de que el pelo se te ponga totalmente azul. Como no me apetecía llegar al trabajo disfrazado de Alaska o de uno de sus pegamoides y tampoco me parecía estético cruzar toda la casa en pelota picada y empapado, he optado por la solución Johnson and Johnson, que al fin y al cabo era la más generosa, con dos botes casi llenos pidiendo a gritos salir de su injusta reclusión.
Tenemos un hijo de 22 años, otro de 19 y un tercero de 13. Estos son los datos necesarios para poder resolver la ecuación de cuántos años llevan los botes de Johnson en la esquina de la ducha. Por suerte no había ningún bicho debajo, pero me ha costado bastante conseguir que el bombín volviera a funcionar y tras expulsar unos cuantos grumos sólidos, ha empezado a bombear el champú para bebés. De primeras el olorcillo me ha sumido en la nostalgia de aquellos años de chupetes, pañales, papillas y "la hora del baño". También me ha recordado a un antiguo amigo que presumía de masturbarse cuando usaba ese champú; creo que hoy en día eso podría considerarse pederastia. No se me ha pasado por la cabeza. Lo de la masturbación, el champú sí, y me arrepiento.
Según he notado el mejunje deslizarse por la cabeza he comprobado que la obsolescencia programada había actuado sobre el producto y además de no generar espuma, desprendía un desagradable olor a rancio. Era como estar lavándome con Zotal o quitando la carcoma a un viejo arcón y entonces la nostalgia infantil se ha transformado en depresión senil.
El resultado no ha sido todo lo malo que me temía, pero durante todo el día he estado con el rostro más fruncido de lo habitual, que ya es mucho, y con la típica nariz arrugada de estar oliendo mierda. He ido a una reunión y me he sentado en una esquina para evitar que nadie descubriera mi "rancedumbre", "ranciez" o como se diga. Y esta noche pienso hacer zafarrancho sanitario para sacar de nuestra vida a ese tal Diógenes que tiene ocupados los cuartos de baño. Solo voy a indultar al bote de colonia Nenuco, que con más de doce años de solera ha debido ganar tanto como el Chivas y una noche de estas me puede sacar de un apuro. El resto va a ir con un lazito al cubo amarillo. Ahora me vais a decir que vosotros no tenéis cinco cepillos de dientes que no sabéis de quién son, un colirio abierto hace tres años, cuatro maquinillas de afeitar con las cuchillas oxidadas, veintidós pomadas empezadas y sin prospecto... Paro porque lo de la escobilla lo voy a dejar para otra entrada, que el maldito champú ya ha dado para demasiada literatura barata.