martes, 31 de julio de 2018

EL HARAKIRI

Después del fantástico recorrido que durante todo este tiempo nos ha adentrado en la cultura japonesa con toda su magia y sus rarezas, nuestro regreso a Tokyo ha sido, si cabe, más impactante. El permanente contacto con la naturaleza, el silencio de los templos y los recorridos por la edad media nipona nos han permitido conocer la cara más amable, diría que entrañable, de este país.
Sin embargo, cuando vuelves a la gran urbe, que también encierra infinidad de encantos con su animación, su arquitectura o sus museos, uno va entrando en la depresión profunda que te lleva a huir del país.
Es cierto que el balance es totalmente positivo y todo el optimismo que transmitían las primeras entradas del viaje se mantiene y en algún caso aumenta. Pero también hemos encontrado sombras que ya preveíamos y que algún amigo nos recordó, de una sociedad demasiado cuadriculada, excesivamente alienada y muy machista. Pero no entro a enumerar pequeños incidentes que hemos podido tener, sino tres escenarios de tres espacios en la vida urbana de Tokyo. A los que visteis el impactante documental "Frágil equilibrio" os sonará algo el tema.
En nuestro penúltimo día por aquí estamos dando las últimas pinceladas con los "caprichos" que cada uno tenía. Paseando por esta inmensa ciudad para llevar a un hijo a ver zapatillas, a otro a ver coches y a otro a ver museos, hemos tenido la curiosidad de entrar en varios establecimientos. Uno de ellos era un gigantesco sex shop de 5 pisos repleto de publicaciones como las que se vendían en España hace treinta años y muchos artículos de todos los colores y tamaños. Aunque no lo creáis no puedo dar detalles porque me he quedado en la puerta y me ha sobrado con el escaparate. Dicen también que la prostitución está prohibida, pero a juzgar por los locales de masajes y sus amables relaciones públicas, me da que estos tipos son bastante viciosos.
Después hemos entrado en una cafetería que el peque reivindicaba porque está ambientada en el rollo manga y las camareras van disfrazadas de niñas tontas de los años sesenta (por no poner algo más duro que podría ofender a algunos colectivos con capacidades diferentes). Nos han puesto orejas de peluche a todos, nos han hecho cantar en japonés y le han traído a Lucio una cutre hamburguesa con cara de osito por la que hemos pagado una millonada (eso sí, llevaba brécol, que es lo que les gusta a los nenes). Hasta ahí el espectáculo era lamentable, pero yo he entrado en depresión cuando he mirado a mi alrededor y he visto que, salvo otra mesa de turistas, los demás clientes eran hombres cuarentones solitarios con cara de desquiciados. Mientras los chicos buscaban cuchillos para hacerse el harakiri, he seguido observando y escuchando las conversaciones, para comprobar que las chavalas que trabajan de tonticamareras se creen su papel y disfrutan de él y que los depravados vejestorios que toman batidos babeando hablan en tono carameloso como si ellos también hubieran escapado de una peli de gnomos. A partir de ahí he perdido la cabeza pensando en lo que cobrarían esas criaturas y en cómo sería su vida, su casa, su familia, pero antes de romper a llorar he fundido la Visa y nos hemos ido.
De camino al hotel, hemos cumplido otro de los objetivos, entrar a un salón de juegos recreativos "Pachinko" y entonces sí que he entrado en crisis de ansiedad y me he tenido que hacer una tortilla de Enantium con Orfidal. Supongo que la mayoría lo conocéis, pero lo resumo. Se trata de locales muy grandes, repletos de máquinas tragaperras similares a las nuestras, pero con un sistema de juego muy distinto y bastante cachondo, porque los jugadores van metiendo canicas de metal por un embudo y van cayendo por los laterales de la máquina, dentro de un complejo sistema de suerte que combina con imágenes de videojuego. Digamos que una máquina es hasta bonita, pero cientos de ellas juntas, encendidas todas y con el salón repleto de gente, que es como suele estar, da mucho miedo. El ruido es ensordecedor y el ambiente de ludopatía tristísimo. Los habitantes de ese inframundo son todos y cada uno de ellos dignos personajes de un libro de Dazai o de cualquiera de los escritores suicidas japoneses.
El impacto ha sido tan grande que por la noche hemos regresado para ver el mismo espectáculo, pero en esta ocasión exclusivo para ejecutivos, todos ellos de uniforme, sin la corbata, y echando bolitas y bolitas hasta enloquecer. Sus caras y sus sudorosas camisas lo dicen todo de una sociedad que se desliza de forma preocupante y agobiante hacia el abismo. Me he quedado dando vueltas de nuevo a sus vidas, he imaginado sus siguientes horas, empapadas en Sake, de paseo por el sex shop y hasta tomando ositos de carne picada. Entonces he entendido lo que vi el otro día y me aterrorizó: un cementerio exclusivo para suicidas.

sábado, 28 de julio de 2018

EL SIESTÓDROMO

Cuando viajas al extranjero siempre surge ese instinto patriota capaz de detectar a tus paisanos a cientos de metros de distancia o de presumir de los inventos nacionales que hemos ido exportando a lo largo de la historia. La verdad es que uno siempre se queda en los de siempre, la fregona, el chupa chips y la siesta.
Pues no, resulta que en lo de la siesta, los japos nos sacan vuelta y media. Desde hace mucho tiempo tienen inventado el auténtico siestódromo, un espacio en ciertas zonas turísticas para que la gente pueda descansar, tirarse a la bartola y roncar (véase que bartola lo he escrito sin mayúscula). En
cualquier punto que acoja visitantes de forma masiva cuentan con espacios de descanso, en muchos casos refrigerados, con agua vaporizada o mangueras y muchísimas máquinas expendedoras. Todo lo que sirva para mitigar el insufrible calor es poco, por eso entiendes rápidamente el motivo de la sombrilla japonesa tradicional, no es que estén esperando al monzón (que también), es que hay que cubrirse del sol asesino como sea. El paipai es otro gran invento de la zona y el más preciado regalo del merchandising local, así que volvemos con las maletas repletas de abanicos con publicidad de todos los centros comerciales habidos y por haber.
El país está muy bien preparado para dar servicio a su gente y sus visitantes y, por ejemplo, hay cuartos de baño públicos por todas partes y no te cobran por dejar tus recados. Para los fumadores, aunque no está permitido fumar por la calle (para evitar quemar a alguien en las aglomeraciones) hay habitualmente zonas reservadas en alguna esquina o incluso en restaurantes y trenes.
Hay otros muchos inventos occidentales que uno sí echa en falta cuando viaja por estas islas tan peculiares. Algunos tan habituales y útiles como las rotondas. Simplemente no existen, hay cruces normales por todas partes y en los puntos conflictivos cruces de hasta seis calles, pero sin rotonda, lo cual se agradece porque eliminan el espacio para que el alcalde de turno inaugure su escultura. A cambio tienen unas gasolineras muy cutres (no hay ningún país en el mundo con el nivelaco de estaciones de servicio que tenemos en España), pero galácticas en cuanto a tecnología, ya que en muchas, los surtidores están en el techo y solo descuelga la manguera.
Siguiendo con las mangueras, la fontanería tiene su punta de lanza en Japón, con enorme creatividad en todos sus utensilios. Ya os hablé de los chorritos anales y de la tapa calenturienta, pero además tienen lavabo con desagüe directo a la cisterna para reciclar agua (espero que no funcione al revés) y grifo compartido entre el lavabo y la ducha, así que evitan poner grifería en las duchas y simplemente tienen el tubo extensible con el "teléfono". También es habitual en los hoteles, donde el espacio vale oro, instalar un pequeño cuarto de baño a modo de cubículo de plástico, similar a los que llevan las autocaravanas, con todo integrado y un desagüe en el suelo, de tal forma que te puedes duchar en medio del cuarto. No es demasiado cómodo porque se mueve cuando das un paso y piensas que el anunciado terremoto ya está aquí.
Al margen de fontanería y pocería, no se puede decir que la electricidad destaque por su eficiencia. Más bien parece un
milagro que algo funcione con esos postes llenos de cacharrera, con el guirigay de cables y con enchufes de patillas planas y voltaje de 125 v. como en el siglo pasado en nuestro país. Tampoco tranquiliza saber la profusión de centrales nucleares en un lugar con tanto riesgo sísmico. Eso sí, en tecnología van por delante; hay wifi donde quieras, pantallas táctiles y ultramodernas de todos los tamaños y funcionalidades y aquí no puedes sentirte nunca solo porque la nevera, el horno, la ducha o el coche te hablan.
Pues eso, que aunque llevemos aquí ya un montón de días y el viaje se acerque a su fin, no dejamos
de sorprendernos a cada minuto, pero no porque tengamos que envidiarnos unos a otros, sino porque somos tan distintos que es bueno tener siempre la mente abierta para entender otras culturas y reconocer sus avances. No nos olvidemos de que estos tíos son una potencia mundial en cuanto a tecnología e innovación y que fueron ellos quienes inventaron el Tamagochi.

viernes, 27 de julio de 2018

MÚSICA DE FRESA


Qué bien se come en Japón. Llevamos un montón de días y no nos cansamos de probar ricos y sustanciosos platos. Durante los primeros días, con las caminatas y el calorazo, lo sudábamos todo y llegamos a perder peso, pero desde que hemos alquilado coche, estamos andando mucho menos y tenemos exprimido al máximo el aire acondicionado. Desayuno, comida y cena en restaurante, más todos los helados del mundo, me temo que vamos a tener que reservar otra fila de asientos en el avión para encajar al luchador de sumo en que alguno se está convirtiendo.
 Además, apenas hemos probado la fruta en dos semanas. Casi no se vende y la poca que hay tiene precios prohibitivos, como dos rajas de sandía por 8 euros o un racimo de uvas por más de 50 euros. Los menús y la comida callejera son muy baratas, pero como quieras ser caprichoso y probar la carne de Kobe o el buen sushi, la cosa se va complicando. Además del precio tienes que tener en cuenta que cada restaurante se especializa en un tipo de comida y eso, que a veces da mucho gusto, cuando viajas en familia es una gracia porque en el sitio de ramen no hay sushi y en el de Okonomiyaki no hay tempura.
 Para el desayuno hay que estar preparado, porque como caigas en un ryokan un poco rural te ponen desayuno japonés y nuestro paladar todavía no está preparado para comer verduras cocidas, pescado ahumado y tofu relleno de atún según te caes del tatami. Los mayores nos tomamos gustosos la sopa de Miso, pero los peques se han hecho asiduos del Seven Eleven, el Lawson y el Family Mart y cada día hacen la compra nocturna para preparar el desayuno del día siguiente. Entre estos supermercados y las máquinas de vending que encuentras por todas partes y te venden cualquier cosa, la muerte por inanición no es fácil por aquí.
Las compras hay que pagarlas casi siempre en cash, porque en otro de los contrastes de este país tan contradictorio, todavía hay muchísimos sitios que solo cogen dinero montante y sonante (y por cierto en cantidades elevadísimas, algo así como si siguiéramos nosotros hablando en pesetas). Hasta los hoteles hemos tenido que pagar en billetes en varios casos, así que si os animáis a venir, preparad el fajo.
En los restaurantes hay varias cosas muy atractivas como el vaso de agua que te sirven según entras o el escaparate con las fotos o reproducciones 3D de todos los platos o la imposibilidad de dejar propinas o, lo que más me gusta a mí, cuando terminas, te levantas y te vas a la puerta a pagar sin tener que esperar horas a que el camarero se digne a traer la cuenta.
En muchos sitios se entra descalzo y a veces te dejan chanclas para que vayas al servicio y no pises los "meos" del suelo; la verdad es que no sé que prefiero porque me da que las babuchas que te dejan ya traen el gotelet incorporado.
La seguridad es total y puedes dejar las zapatillas, las maletas o la cámara donde quieras, que nadie te lo va a tocar. De hecho yo me olvidé en un bar la mochila con los pasaportes y la cartera y volví media hora después y allí estaba. Montse perdió su móvil en el castillo de Hikone y al rato llamaban de la comisaría de policía que lo tenía en su poder. Así que la única baja del viaje van a ser mis chanclas, que después de superar varios años de veraneo y de Sahara Marathon, han decidido venir a morir en un Airbnb de Kyoto.
Eso sí,  el gusto estético, en general, es cuando menos cuestionable. Me refiero a los carteles publicitarios, la decoración de los restaurantes, las imágenes de las calles, los programas en la tele, las revistas... bueno y también a la indumentaria, el urbanismo o la música. Sí, uno va caminando por un pasadizo comercial o entra en una tienda o un restaurante y siempre vas oyendo, que no escuchando, de fondo una desagradable musiquilla pastosa, blanda, como de gominola o de dibujos animados. Los chicos rápidamente han bautizado el género como música de fresa y la van comparando con las melódicas sintonías de Oliver & Benji, Shin Chan o Doraemon... Por cierto, que bien reflejan Novita y el gato cósmico la atmósfera japonesa.

miércoles, 25 de julio de 2018

EMPIEZO A TENER MIEDO

Este maldito país es un buen lugar para el miedo y reconozco que empiezo a tener conatos. Los  síntomas iniciales llegaron cuando me topé con el primer cementerio sobre una colina, pero después los síntomas confirmaron la dolencia cuando nos adentramos en la villa santuario de Koyasan, con sus más de 200.000 tumbas, con los monjes marcando el paso por las calles, con la magia de las campanas o como se llamen y el tétrico, misterioso ritual de las esfinges de piedra vestidas con gorros de lana y baberos rojos (por no hablar de las gigantescas y amenazantes esculturas de los dioses en posición desafiante y agresiva a la entrada de los templos).
La siguiente sensación de intranquilidad llegó en los callejones de Osaka porque no existe escenario más lúgubre y underground para ser asesinado por algún ninja de esos malísimos que tanto juego han dado en la cinematografía de este país.
También sentimos que íbamos a morir aplastados cuando nos enfrentamos al primer cruce de pasillos de metro en hora punta y comprobamos que lo visto en tantos documentales sobre Japón, no solo no está exagerado, sino que se queda corto. Nunca se te ocurra nadar contra corriente ni intentar cruzar en plena ola, solo puedes dejarte llevar por la marea y subirte al tren que ellos decidan. Supongo que cada día mueren centenares de niños y viejas aplastados por la multitud, pero las autoridades omiten la información. Además, todos esos autómatas que corren de transbordo en transbordo, luego llegan al vagón y se transforman peligrosamente, se agarran con fuerza la móvil y juegan de forma compulsiva a espantosos juegos de samurais cortando cabezas; todos a la vez, sin importar su edad, género o raza (bueno esa aquí es igual para todos).
El pánico suele llegar cuando cometes el error de salirte de lo establecido. Este país funciona muy bien porque todo está muy bien programado, pero al igual que les pasa a los alemanes, no les pidas demasiada improvisación. Por eso nos gritan y dan saltitos cuando cruzamos las calles con el semáforos en rojo, pasamos con la bicicleta por la zona peatonal o cometes graves irregularidades como la que casi me lleva a prisión: confundir el billete infantil de mi hijo Lucio y mostrárselo al revisor como si fuera mío.
Hay dos oficios que también me generan cierta inquietud, los conserjes de los hoteles y los taxistas (aquí se llaman yens) y con ambos hemos tenido algún tenso episodio, pero no lo tengo en cuenta porque esto es habitual en cualquier lugar del mundo. Lo único que nos ha quedado claro es que aquí, cuando dicen no, es no.
Ya veis que hay miedos para dar y tomar cuando se viaja y aquí pensé que podría surgir también el de los terremotos, pero la verdad es que como en San Francisco, nunca hemos sentido ningún temor. Tan solo lo pienso cuando miro los postes de la luz y veo los gigantescos alternadores y aparatos metálicos que hay flotando por encima de nuestras cabezas. Entiendo que la muerte más común en un movimiento de tierras no es por que te devore una falla o te arrastre un tsunami, sino porque te caiga un obsoleto cacharro electrificado de varias toneladas.
Y ya puestos a hablar de electricidad, también estoy un poco susceptible con la muerte electrocutado en el cuarto de baño. Todas las duchas tienen algún artilugio eléctrico para regular la temperatura y la mayoría de los retretes tienen tapa eléctrica autocalentable, lo cual, además de dar un asco horrible, te hace sentirte en el corredor de la muerte con el mono naranja remangado en los tobillos.
Tampoco anda mal de canguelos esta siniestra recepción del Ryokan de las montañas donde estamos pasando la noche, bajo la atenta mirada de un pequeño "jorobado de Notre Dame" que de vez en cuando se asoma recriminándome con la mirada que siga aquí chupándole el wifi.
Estos tipos son raros y contradictorios, ya os lo he dicho, pero no mucho más que sus visitantes y su extraña manía de tumbarse en cualquier superficie o de estar hasta las tantas escribiendo chorradas en el ordenador.
Si queréis que siga con miedos os tendría que hablar del valiente episodio que hemos empezado hoy, alquilando un coche para conducir cientos de kilómetros por carreteras estrechas de montaña, conduciendo por la izquierda, con el volante a la derecha, todos los carteles en el "chino" de aquí y una tía diciéndome todo el tiempo que me equivocado. Y esta vez no es Montse, sino el puto navegador que está programado en Japonés y no sabemos cambiarlo.

lunes, 23 de julio de 2018

EL PARAÍSO DEL HORTERA

Nos hubiera gustado escribiros más sobre esta experiencia, pero de verdad que el calor nos lo está poniendo difícil y cuando conseguimos refugiarnos, solo tenemos tiempo para hidratarnos, ducharnos y pegarnos al aparato del aire acondicionado, con pocas ganas de darle a las teclas del Mac, que además tiene cierta tendencia al sobrecalentamiento. Ya os contamos que la sensación térmica es similar a la de caerte en un volcán y eso te obliga a parar en cada esquina a sacar una botella de agua de una máquina de vending, a llevar siempre un trapo o una toalla en la mano y a dar por hecho que el sobaco y la huevera los llevas empapados como el mismísimo Camacho.
Es tan molesto el tema que cada vez que llegamos a un templo, los chicos se lanzan como posesos a la pila del agua sagrada a lavarse, meter la cabeza y evitar el golpe de calor. Hoy, paseando por el Camino del filósofo de Kyoto hemos encontrado una cascada en medio de la montaña y nos hemos metido todos en ropa interior. Pero lo más lamentable fue nuestra experiencia en Osaka. Después de visitar el castillo y otros barrios arrastrando los pies por el asfalto hirviendo, decidimos remojarnos en un parque acuático, el Spa World, una experiencia que no olvidaremos. Un edificio de ocho plantas repleto de saunas, spas, piscinas y hasta un acuopolis para el disfrute de los japos y de cinco turistas europeos despistados.
Estos tipos son muy raros y el parque acuático está cubierto y con el agua caliente. Al entrar pagas el acceso y te ponen una pulsera magnética para apuntar todos los gastos que vas haciendo. A partir de entonces pasas a ser un "pelele" alienado en manos del capitalismo oriental, que es más agresivo aún que el occidental. Pagas por dejar las zapatillas en una taquilla, pagas por dejar la ropa en otra taquilla. Después te persigue un viejo en polla exigiéndote que te desnudes. Los chicos corrían despavoridos por los pasillos hasta alcanzar el ascensor y subir al octavo piso donde estaban los toboganes y piscinas atiborrados de teenagers japoneses. Y nueva sorpresa, cada atracción es de pago, los tubos, los flotadores, todo menos un río de agua tibia que da vueltas muy despacio meciéndote entre melosos quinceañeros japoneses que restriegan la cebolleta a sus novietas, para tu repudio. Creéis que exagero, pero no, el agua tiene una película grasienta en superficie y si buceas alcanzas a ver espermatozoides persiguiendo óvulos. Este tipo de parques suele ser un paraíso del hortera, pero en este caso los límites se superan con creces, los pasillos están llenos de puestos de todo tipo de cocina fusión Japón-americana, en la terraza exterior a 38º y sin una sombra hay dos jacuzis con agua hirviendo y siempre tienes al lado algún niñato empalmado toqueteando a su joven geisha bajo el agua. Todos ellos llevan el móvil metido en una funda colgando del cuello o de alguna otra extremidad, no sea que entre un WhatsApp o un amigo cuelgue algo en Instagram y no puedan darle un 私はそれが好きです mientras bucean en busca de las partes más resbaladizas de su pareja. Los pasillos sí que están resbaladizos por el agua, las patatas con ketchup y algún que otro flujo
desconocido, pero lo pisas todo encantado con tal de no estar en la calle friéndote como tempura. Las máquinas no paran de vomitar botellas, latas y helados porque los chavales necesitan refrescar sus ímpetus y porque eso de la pulsera magnética te crea una placentera sensación de gratuidad.
Al final, cansados de estafas y de jovencitos morreando decidimos salir de este infierno para volver al infierno. Pagamos el facturón de la pulserita y salimos echando pestes de semejante horterada.
Quizás hubierais preferido que os hablara de los enternecedores cervatillos del parque de Nara, del fastuoso castillo de Himeji, de la magia de los santuarios y templos de Kyoto, del sobrecogedor cementerio de Koyasan, pero para eso hay muchas guías.

miércoles, 18 de julio de 2018

NO QUERÁIS ENTENDER...



Que los signos son indescriptibles, es una obviedad. Que no hay ni una sola palabra con raíz latina o medianamente inteligible, también. Pero no es una cuestión de acento, ni siquiera de idioma. Precisamente su vocalización es, junto con el suomi, lo más parecido que hay al español; de hecho cuando en un bar oyes las conversaciones de los grupos de alrededor, tienes la sensación de estar en el mismísimo Usera.
Pero no es eso lo que cuesta entender, son otras muchas cosas.
No quieras entenderlos, observa con la mente abierta, analiza, pero no quieras entender. Que se abriguen con tres capas, incluso con chubasquero, para protegerse del calor (hoy 38 grados con 43% de humedad...inhumano). Que no acepten ni un céntimo de propina porque lo consideran una humillación. Que todas las cosas (el dinero, la tarjeta de crédito, las llaves...) te las entreguen con las dos manos.
Que en el calor más asfixiante que puedas imaginarte, las playas estén vacías y no encuentres piscina en ninguna parte. Que en el mayor caos urbanístico que puedas imaginarte reluzca la más exquisita limpieza. Que sean la referencia tecnológica mundial en un entorno tan marcado por tradición y religión. Que sean una mezcla entre escandinavos y germanos en su meticulosidad, puntualidad y eficacia. Que se rían y disfruten como latinos. Que no crucen una calle si no es por el paso de cebra. Que todo el país esté salpicado de campos de golf y cementerios. Que una ciudad se una con la otra y esta con la siguiente, formando una interminable urbe-país. Que todo lo hagan por arriba, los parkings, las autopistas, los cables... como si no tuvieran tuneladoras. Que hayan inventado el chorrillo del culo en el retrete y no se les ocurra usar la persiana, aunque amanezca a las cuatro de la mañana. Que no encuentres ni un papel en el suelo pero tengan una política ecológica un tanto irrisoria. Que se queden dormidos de pie en el metro. Que tengan tantos bares o más que en Sanlucar. Que sean tan cívicos, tan educados, tan serviciales, tan sumisos, tan sufridores. Que les guste tanto el suicidio.
Aquí llevamos varios días intentando descifrar el enigma, sin entenderlos pero apreciándolos. Una cultura totalmente distinta, llena de tabúes para todos nosotros, con incongruencias y contradicciones por doquier, pero absolutamente maravillosa. We like Japan!!!

domingo, 15 de julio de 2018

DON JAPÓN

Decía el mítico Barry Sheene que su carretera preferida de todo el mundo era la que unía Tokyo con el aeropuerto de Narita, porque significaba que se estaba marchando de Japón. Cuando en los ochenta vine varias veces a este lejano punto donde sale el sol, terminé por hacer mía la cita e incluso a coger cierta manía a eso que los periodistas de entonces llamábamos con cierto racismo el país de los ojos rasgados. Siempre achaqué esa "debilidad" por lo nipón a lo profesional de mis visitas, del aeropuerto al circuito y del circuito al aeropuerto. Por eso ahora veo este viaje con otros ojos más positivos.
Aún así, la cosa no ha empezado bien. El vuelo directo de Iberia que hemos elegido para pasar rápido el trago, ha resultado ser un ensayo clínico de escuela de psiquiatría. Las compañías aéreas, aliadas con los diseñadores industriales (cuidado Dieguillo que vas por mal camino) están buscando los límites del cuerpo y la mente humana para ver hasta dónde pueden aguantar y llegar así al rendimiento máximo del negocio, ante nuestra pasiva docilidad. Los asientos se han estilizado, son finitos, apenas se pueden reclinar y tienen espacio para piernas de la talla de Aznar o Maradona, por poner algún ejemplo no demasiado ofensivo. De vez en cuando, para evitar quejidos, te echan un poco de comida; me gustaría extenderme con un trabajo de investigación sobre el origen de los ingredientes y del hijo de su madre que ha pensado que por estar hacinado en la fila 48 f te puede gustar ese chicloso y grasiento bocadillo de chope. Por si fuera poco, cuando intentas dormirte, siempre hay un bache siberiano que te hace saltar del asiento y agarrarte con fuerza a tu vecino japonés que chapurrea español y se hace llamar Manolo o te despierta el bebé de la fila de atrás o te despierta el bebé de la fila de delante o se desmaya el señor de la izquierda poniendo en marcha ese divertido protocolo de señoras corriendo por pasillos, gritando "¡Un médico, un médico!" que, a diez mil metros de altura, mola que te cagas.
Pero por fin llegas a Japón y vas a vivir esa experiencia única que llevas semanas preparando. Cientos de consultas a Guguel, decenas de blogs, conversaciones con amigos pioneros, muchísimos registros que indican que hemos llegado a uno de los países más maravillosos del mundo y del que apenas he oído cosas malas. Dicen que son encantadores, educados, limpios, eficaces y profesionales como nadie. Veremos.
El avión ha llegado con media hora de adelanto y el comandante presume. La primera en la frente, los japos no están preparados para esa informalidad y nos tienen tres cuartos de hora parados en las pistas esperando un finger. Como se agradece después de trece horas de ir descontando uno a uno los minutos para llegar. Para congelar las glándulas sudoríparas del pasaje, la temperatura se mantiene como ha sido durante toda nuestra travesía siberiana y cuando ya por fin abren la puerta de desembarco, el susto es tal que lo primero que haces es darte la vuelta e intentar volver a tú cómoda butaca en el siniestro aparato, pero tus malolientes compis de viaje te arrastran en su carrera por hacer la pole en el control de pasaportes.
Primera conclusión del viaje, sacada en el primer minuto de estancia: No se os ocurra venir a Japón en verano. ¡No! Definitivamente ¡No! El calor es asfixiante, inhumano, hay 33º ahí fuera, pero la bofetada es demoledora. Para que podáis imaginarlo, es como cuando vas por Preciados el diez de agosto y pasas por delante de la tobera de aire del Zara o encima de la rejilla del metro y sientes que tus días se acaban... Pues así, pero todo el tiempo. La humedad es pegajosa e insufrible, las camisas no tardan ni dos minutos en estar chorreando; uno solo puede avanzar por las calles entrando y saliendo de todas y cada una de las tiendas para refugiarse en territorio Fujitsu (menos mal que de eso sí que saben estos tipos). Por si fuera poco, las calles están atiborradas de hombrecillos y niñas disfrazadas, que andan deprisa por el lado equivocado de la acera, te chocas con ellos todo el rato y como es normal, todos van pringosos porque sus glándulas sudoríparas no están congeladas. Ahora entiendo el antifaz bucal de cirujano que se ponen para cruzar las calles a toda hostia.
La segunda conclusión del viaje, sacada así en caliente (vaya jueguecito de palabras malo), es que el primer día nunca lo debes meter en programación, porque cuando llegas a un país tan lejano y diferente, con el agotamiento que implican veinticuatro horas sin dormir y con las mencionadas penurias provocadas por la ola de calor y la pastosa humedad, digamos que tu punto de vista no es el más optimista del mundo y esa llegada mágica que habías preparado desembarcando toda la familia en el mítico cruce de Shibuya, pasa a ser una tortuosa y sufrida procesión de sonámbulos empapados arrastrando maletones en un desquiciante eslalon para cruzar la calle sin ser arrollados por uno de esos coches que conducen por el lado equivocado o por uno de esos seres que simplemente huyen de los millones, sí millones, de personas que llevan detrás. Al final conseguimos alcanzar el primero de los objetivos del viaje, llegar toda la familia unida y sin importantes rencillas ni rencores hasta un Airbnb tan cutre como aparentaba en las fotos, pero con ducha, aire acondicionado y wifi, ¡Suficiente!
Tras un breve descanso y evitando poner el cuerpo en posición horizontal para no ser arrastrados por el peligroso jetlag, salimos a deambular cuan zombies por la ciudad, vemos sudando un templo (los que sudamos somos nosotros, que no el templo), arrastramos los pies por la calle comercial más glamourosa y nos refugiamos en un bar bien aclimatado para tomar un refrigerio; nos sirven directamente del tetrabrik un auténtico Don Simón, de la mismísima Murcia, y nos vamos a dormir, que el cuerpo humano no está preparado para tanto sobresalto... ¡¡¡El viaje promete!!!