jueves, 7 de marzo de 2013

TOCA MUDARSE

Que padezco el mal de Diógenes es algo de sobra conocido, pero este trastorno suele estar oculto en la profundidad de los armarios hasta que llega el momento, enternecedor momento, de una mudanza. Durante esta semana me ha tocado adentrarme en las profundidades de mi despacho para sacar esas cosas tan útiles que llevaban allí guardadas desde hace más de veinte años y que, por supuesto, seguirán guardadas en el mismo armario durante los próximos equis años, hasta el momento en que me echen o me saquen con los pies por delante y os toque a vosotros limpiar mi mierda.
Como terapia de choque me he obligado a tirar por lo menos un 30% de mis pertenencias y lo he conseguido. A decir verdad, me lo han puesto muy fácil las propias cosas o es que alguien hubiera tenido interés en mantener en un cajón el dossier del campeonato iberoamericano de atletismo de Huelva o de un equipo de balonmano de segunda división o de un torneo de ajedrez en México o el recorrido de la Vuelta ciclista del 94 o nueve ediciones de la agenda de la comunicación o un libro de poemas relacionados con el fútbol o un listado de empresas suecas afincadas en España... Menudo potingue se habrá preparado en la planta de reciclaje de papel.
Sin en cambio, hay otros enseres que han pasado el primer corte y han conseguido llegar hasta el nuevo despacho, a pesar de su escasa utilidad. Es el caso de decenas de proyectos inacabados o fracasados, una carpeta con cartas de clientes diciendo que "NO" (¡qué majetes!), kilos y kilos de dossiers o recopilatorios de prensa, un folleto que hicimos y repartimos por toda España sin darnos cuenta de que habíamos escrito Srite en lugar de Sprite, una postal enviada por Edurne Pasabán desde lo alto del Kanchenjunga (el cartero sí que era un gran escalador...), una revista Interviu con "interesantísimos" reportajes y una crónica del Sahara Marathon, varias pegatinas pidiendo la libertad de Bradley Manning, algunas fotos "dedicadas" de prostitutas de Las Vegas, un Sagrado Corazón de plástico y centenares de tarjetas con contactos inservibles porque, en casi todos los casos, han cambiado las direcciones, los teléfonos o las personas.
De todas formas y aunque da pereza, una mudanza es un ejercicio muy sano, en lo físico y en los psíquico, porque sirve para poner en orden tu vida, dejar atrás malos rollos y refrescar un poquito la memoria. Es curioso, pero en los criterios de selección para salvar o condenar documentos, la antigüedad es un grado y las cosas de los noventa tienen solera y cuesta mucho tirarlas, por estúpidas que sean; una vez pasado el 2.000 parece como que ya es moderno y sin interés y de los últimos años, apenas encuentras información porque está todo en ordenadores.
Para quienes no lo habéis visto, no os perdáis el vídeo que hemos hecho de la mudanza. Por cierto, yo soy el saharaui y las chicas, mi harem.
PD. Los cuadros que se ven al fondo del despacho son de Montserrat Gómez-Osuna y Lucio Muñoz Avia, dos grandes pintores.

4 comentarios:

  1. Y cuantas cosas que creías perdidas has encontrado??? Eso me encanta de las mudanzas, y el saber que donde vas no hay ratones en los cajones...
    Muy chulo en vídeo si señor, me lo prestas para presentarlo en la asignatura de vídeoarte que tengo ahora???

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  2. Bueno, cuando sea la mudanza de verdad avísanos para ayudarte,

    ¿habrá jamón no?

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  3. Yo cogeria los dos cuadros y saldria corriendo

    ¿¿¿ sin en cambio???.........

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