miércoles, 22 de agosto de 2012

EL RATONCITO PÉREZ

Noche de terror en pueblecito alcarreño. Mi hijo mayor, muy machote él, nos ha obligado a toda la familia a ver el programa de Íker Jiménez. Claro está que si al chico de 15 años no le da miedo, el padre, que ha sobrevivido a tantos fenómenos paranormales, no va a ser ahora un gallina miedica. Primero una historia inquietante sobre una figura blanca sin cabeza que se paseaba por una carretera ante el pánico de tres contrabandistas que estaban en la cuneta; después historias de momias de cuerpo presente y por último recreaciones perfectas del hombre del neardental en sus cuevas... Suficiente para un machote como yo y más que suficiente para salir, ya a medianoche, linterna en mano, al depósito de agua del pueblo para cerrar la llave de paso (hoy me toca a mi cerrar el grifo), le pido a mis hijos que me acompañen pero me quedo sólo, con la silueta blanca sin cabeza, que me persigue montaña arriba y montaña abajo. Al final me salvo, entro en casa, doy un portazo, pero mis hijos siguen delante del televisor y ahora ven la versión americana del Quinto Milenio; temas intrigantes también, los espíritus de los mineros muertos en las minas de Iquique en Chile, los sonidos extraños en los templos de Petra, el Monstruo del Lago australiano que atemoriza a los vecinos... y yo sudando tinta, subiendo pulsaciones y acojonado perdido porque oigo ruidos a mi espalda, pero no me atrevo ni a girarme por no encontrarme al minero de la Pampa o a la silueta blanca de nuevo... Por fin oigo pasitos, miro y encuentro un ratón que corre por la cocina. Salto del sillón, primero encima del sillón y después, envalentonado, corro a buscar el bote de veneno para ratones y lo vacío por todas las esquinas.
Acaba el programa, suspiro, pero me acuerdo de que tengo que bajar al coche a recoger el regalo para mi hijo Lucio, a quien se le ha caído un diente. Bajo, con el pelo erizado y al borde del colapso, esperando encontrar dentro del coche a la silueta, el minero o incluso a mi mismo... no me atrevo ni a pulsar al mando, pero finalmente decido actuar deprisa, abrir, coger el regalo y salir corriendo, huyendo de mi mente.
Entro en casa, con el último portazo de la noche, mando a los niños a dormir e intento hacer lo propio, pero una duda me invade: Y si al que he envenenado era el Ratoncito Pérez...

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